Lista de invitados

El Bocha, no.  Me harté de sus desprecios. Cinco veces lo convidamos. ¡Cinco veces! ¿Nunca pudo venir? ¡Es un miserable! Sabe que los doscientos pesos son para alquilar el local y comprar leña. La carne la pone el Gordo Eusebio. ¡Doscientos mangos! ¡Dónde va a comer por doscientos pesos! Ahora, que es gratis, no lo invito. ¡Que se joda!

Eusebio no puede faltar. ¡Gordo bueno! Siempre dispuesto a dar una mano. Una vez fuimos a Minas con Gerardo y Clara. No me olvido mas. Nos quedamos sin nafta en Villa Serrana. ¡Primero de mayo! ¡Todo cerrado! No teníamos como salir. Lo llamamos, ya no me acuerdo con que ridícula excusa, el Gordo fue y nos salvó. No falló. Nunca falló.

Gerardo prefiero que no aparezca. Pero si no aparece… ¿vendrá Clara? Si ya sé, me vas a salir con que las mujeres de los amigos tienen bigotes. ¡Las pelotas! Se desean, se envidian, se ambicionan. Si ellas lo permiten, se gozan y en algunos casos, hasta se aman. Igual para que te quedes tranquilo, te aclaro que Gerardo era mi amigo. Era. Después de lo que pasó, nada volvió a ser lo mismo. Y debo reconocer, que me quedó la espina con Clara. La conocimos juntos, en la despedida de Martín, cuando se embarcó a Estados Unidos. ¿Te acordás? ¡Teníamos veinte años! Quedamos estúpidamente enamorados. Bueno, yo me enamoré y como en esa época Gerardo me imitaba, se le ocurrió que a él también le gustaba. Lo dejé hacer. Hasta cierto punto, me reconfortaba ser espejo de alguien. ¿Vanidad? Es probable. Amor propio preferiría llamarlo. Entre nosotros te confieso que estaba seguro que ella me iba a elegir a mí. Bueno, te la resumo. Dilaté tanto el momento, esperando que me diera entrada, que me dormí y la perdí. ¡Clara tiene que estar! Yo la invito. Y que pase lo que tenga que pasar.

A los del club, me rompe las pelotas decirles que vengan. No puedo desprenderme de aquellas horribles imágenes de todos y cada uno de ellos en bolas. ¿Qué querés? ¿Que mienta? Lo primero que viene a mi mente son las duchas. No, no vas analizar mi lado homosexual. Menos ahora. Lo que digo es que es ridícula la gente que pretende actuar naturalmente estando desnuda. Expuesto frente a otros, fue cuando más tuve para ocultar. Incluyendo frente una mujer. ¡Sobre todo frente una mujer! No te hagas el superado, a todos nos pasa lo mismo. Obvio que Martín es buena gente. Flor de tipo. Y quiero que esté. Pero si le digo sólo a él, los otros le van llenar la cabeza. ¿Sabés? Me chupa un huevo. Antes tenía miedo. Me aterraba lo que pudiera llegar a oídos de Carolina. Pero ahora, me los paso por las bolas. Convoco sólo a Martín y que se vayan a cagar.

¡Cómo me gustaría que esté Carolina! Pero, no se si me animo a invitarla. ¿Qué raro, no? Siempre me pasó lo mismo con ella. Como aquella vez en la rambla. Estábamos con Marina, creo recordar que en una de nuestras habituales rupturas, cuando de la nada…apareció: ¡Flotaba! Parecía que no tocaba la vereda cuando caminaba. Quedé hipnotizado. Volví al otro día. Y al siguiente. Mientras me decidía a encararla, le tomé los horarios. Cambié cientos de veces mi discurso. Hasta que un día la enfrenté y le dije: “Desde que iba a la escuela siempre estuve enamorado de una compañerita igualita a vos”. Todavía me duele recordar su desdén. Pero, más me humilla, la frase pedorra con que la afronté. ¿En qué mierda estaba pensando?

Con Marina me pasó algo extraño. Siento que la usé. Ojo, yo nunca le insinué que dejara a Orlando. Ella, no quiso jugar a dos puntas. Era una mina íntegra. Cuando me di cuenta que el tenor del deseo, manejaba su razón, empecé aprovecharme de la situación. Era milagrosa en la cama. Su invocación, aún hoy la acompaño con una indefectible erección. A todo decía que si. Mentira. Me quedé con ganas de ser parte de sus fantasías lésbicas. Estuve cerca… tan cerca. Al final, dejamos de vernos porque las discusiones, asumo que en su mayoría por mí promovidas, moderaron la pasión. Y no era un plato que se deje comer tibio.

De los que fueron mis amigos y dejaron de serlo, mantengo una deuda con Orlando. Del resto, no se si tuve razón, o  estaba equivocado, pero defendí radicalmente lo que en su momento creí procedente. Y ese exacerbado sentido de justicia me acompañó toda la vida. No creo que sea momento de abandonarlo. Simplemente, no me parece… justo. Ni siquiera los revolcones que llegaron mas tarde me hacen cambiar de parecer. Y eso que no se extinguieron hasta que acepté que tras la traición, sólo puede quedar el vacío.

De los que nunca fueron mis amigos, me gustaría invitar a los que no me hice tiempo para conocer. En su mayoría por ser mal vistos en los círculos que formé parte. ¡Me siento miserable solo de rememorarlo! A mi favor debo decir que en algún momento intenté resistirme. Me negué a aceptarlo. Me rebelé. Me dí por vencido.

A los que me dejaron mal parado, no los quiero ni ver y a los que les hice cualquier cagada tampoco. Unos pagan por otros y estamos a mano.

Los que piensan que soy un arrogante, no tienen cabida. No estoy dispuesto a aceptar verdades de ese porte.

Los que me dieron su confianza, es hora que sepan cuanto valoré su ofrenda.

¡Puta, casi me olvido de la familia! Los viejos rencores no me van a dominar. Tuvimos malos momentos, es cierto. Pero siempre supe que no podía contar con ellos. ¡Fuera!

Mis sueños, que no vengan. No reniego de su compañía. Me avergüenza reconocer que fueron simples ilusiones. Mis fantasmas y mis miedos, no me pueden abandonar. Imposible desprenderse de tan enraizados compañeros. El coraje y el valor, como a Gauna, alguna vez me serán concedidos.

Nunca imaginé que tendría la posibilidad de elegir abrazos y destierros. ¡Saberlo de antemano, cuántas cosas cambiarían!

En cualquier momento llegan los invitados. Soy el centro de la reunión. Una posición tan ajena como recomendable. Seré destino de miradas y conversaciones. No desesperen, ya les va a llegar. Más tarde o más temprano, ocuparán este que hoy es mi lugar.. Justo aquí, en el centro del salón. Justo aquí, dentro del cajón.

Vivimos en un mundo donde el funeral importa más que el muerto, la boda más que el amor y el físico más que el intelecto. Vivimos en la cultura del envase, que desprecia el contenido.

                                                                                                                   Eduardo Galeano

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