Triple Feo

 

Abbadon mantuvo en todo momento el panorama dominado.

–Yo sabía…yo sabía –repetía en un susurro que se fue haciendo audible a medida que se acercaban a la meta y la tarde se transformaba en noche.

 

-Lo bueno de vivir cerca del destino del ómnibus -meditó Rómulo al tiempo que pagaba su pasaje-, es que siempre encuentro asientos libres cuando voy al hipódromo. Una cavilación de esa naturaleza emanada de un devoto practicante del pesimismo radical era desconcertante –. Me estoy ablandando con los años –concluyó  mientras enrollaba el boleto con dos dedos y caminaba por el pasillo del bus.

Ubicado frente a la puerta de descenso, abrió el diario, separó el suplemento con el programa del hipódromo y descartó el resto. Se dispuso a otorgar su atención a la lectura, a pesar que conocía de memoria todas las carreras de este fin de semana. Las había estudiado día y noche desde el martes. Éste último repaso, era parte de una obsesiva rutina que repetía indefectiblemente cada fin de semana. Un recurso, para aplacar el insaciable tormento de no dejar detalle librado al azar. Suplicio que lo acompaña desde que se auto persuadió que poseía el don para pronosticar ganadores. Estaba convencido que esa virtud, procedía de un talento innato, perfeccionado con la experiencia obtenida a lo largo de infinitas jornadas hípicas y el análisis exhaustivo al que sometía cada una de las competencias.

En el hipódromo, amigos, conocidos y hasta extraños, están al tanto de sus autoproclamadas facultades pero, a sus espaldas, cuestionan esas cualidades. Todos coinciden que es una ilusión. Una concepción de su mente, que distorsiona la realidad producto de una obsesión que lo está llevando lenta, pero inexorablemente, a la esquizofrenia.

–Envidia. ¡Eso es lo que tienen! Reconozco que de un tiempo a esta parte estoy atravesando una sequía imponente. ¡No ligo nada! Y sin suerte, no hay conocimiento que valga. –Ese es el discurso que repite desde que sus predicciones dejaron de hacerse realidad. Y si bien, esta arenga es certera en lo que a la sequía se refiere, como lo corroboran las cuentas impagas amontonadas encima de la mesa del comedor, también deriva del extraño regodeo que padece al repetirlo más de lo necesario, para desempañar el lente derrotista a través del que insiste en cortejar la vida.

 

Cuando doblaron el codo e ingresaron a la recta final, el favorito amplió diferencias. El Loki Coyote se mantenía en el fondo del lote. -Yo sabía…yo sabía- monologaba como autista.

 

Esa tarde en el hipódromo se presenta Abbadon. Tal el nombre de un hermoso zaino colorado cabos negros, que en más de una ocasión le otorgó jugosas recompensas económicas.

Es posible observar, entre los asiduos concurrentes al circo hípico, cómo los aciertos repetidos sobre un mismo ejemplar, provocan un lazo perenne entre el apostador y el caballo en cuestión. Ese amor filial, por llamarlo de alguna manera, culmina indefectiblemente en una especie de adopción platónica. La extravagante relación, presenta rasgos distintivos. Uno de los más característicos, atraviesa visos de similitud con la de esos padres que exacerban las virtudes de sus descendientes hasta edificar una quimera de proporciones insostenibles, en la que no se distingue la fantasía de la realidad.

Inmerso en ese torbellino pasional, Rómulo no concibe que alguien pueda siquiera imaginar que “su” Abbadon, fuera capaz de perder.

–Jugar y cobrar –sentenció, mientras el ómnibus continuaba rodando la ciudad.

 

A falta de 200 metros para el disco, justo frente a la tribuna dónde estaba ubicado, se hizo patente la victoria de Abbadon. –¡Yo sabía…yo sabía! –Sollozaba de rabia.

 

Un cuerpo febril se ubicó en el asiento inmediatamente contiguo y lo exilió de sus ensoñaciones de riqueza. Quitó la vista del diario. Observó detenidamente al recién llegado. El individuo, de edad indescifrable, vestía ajustados pantalones de cuero. Tenía unas extrañas cicatrices en el rostro y las uñas de sus manos eran tan negras como largas.

– ¡Pero hay que andar mal! Todo el bondi para elegir y justo se viene a sentar acá –masticó en un suspiro de reprobación-, este debe ser puto- fue la conclusión inmediata a la que arribó mientras intentaba retomar la lectura.

Una emanación rancia y penetrante le impidió concentrarse.

–Ah, pero este hijo de puta no se baña desde el siglo pasado –dedujo al notar que el olor provenía de su compañero de viaje –, con esa cara y ese aroma, no encuentra novio ni en cana. ¡Triple feo el guacho! –Una sonrisa le cambió el semblante ante lo que le pareció una ocurrencia genial–. Triple feo –repitió.

– ¿Quien gana maestro? –Inquirió de imprevisto el extraño.

Lo sorprendió. No lo esperaba. Se le congeló la expresión. Le preocupaba de sobremanera que su compañero de ruta dudara de su condición sexual y estuviera tirándose un lance.

– ¿Perdón? ¿Que me dice? –preguntó haciéndose el desentendido como para generar una distancia que no existía en lo físico, ya que sus cuerpos se rozaban por lo minúsculo del espacio.

–Si no me equivoco, está leyendo las carreras.

–Estudiando –corrigió, mientras intentaba evitar el contacto –. ¡Que calor desprende este cristiano! –constató.

–Justamente. Por eso le pregunté quién gana –dijo el tipo posando desafiante su mirada en la de Rómulo.

–Si yo supiera eso…. –dejó flotando Rómulo con notoria falsa humildad.

–Tampoco es tan difícil acertar una carrera de caballos –aseveró el desconocido desentendiéndose del contacto visual con sobreactuada parsimonia.

– ¿Ah, no? – preguntó irónico al tiempo que pensó que su compañero de ruta era un pelotudo de los buenos

–Lo difícil es no contarlo.

– ¿Perdón? ¿Que me está diciendo? –Indagó, repitiendo en pocos segundos la fórmula con la que acostumbra evadirse de las conversaciones que lo incomodan.

–El burrero no puede dejar de vanagloriarse de sus aciertos –sentenció.

– ¿Y usted como sabe?

–Es como con las mujeres.

–Aha –dijo y concluyó  que el tipo estaba loco,  lo mejor era bajarse en la próxima parada y tomarse un taxi, así llegaba tranquilo a la primera. No tenía intención de mantener una charla sexual con un desconocido de esa naturaleza.

–Mientras más hermosa es la mujer –continuó el exótico acompañante de ruta –, mayor la necesidad de jactarse de su conquista. Con las carreras de caballos sucede lo mismo. Cuanto más inaudito es el acierto, mayor la obligación de presumir.

– No es verdad. Yo no hago eso –refutó instintivamente Rómulo en un impulso que no pudo refrenar y del que se arrepintió de inmediato, al percatarse que  de esa forma le seguía dando entrada al misterioso personaje.

– ¿Y…cuándo fue su último gran acierto?

–Y…a usted que le importa. –Se puso a la defensiva. ¿Estaría al tanto de su mala racha o, de casualidad dio en el blanco?

– ¿Será que no se acuerda?

– Pero… ¿Y vos, a quien le ganaste? –refutó resentido –. ¡El feo sabía! –pensó despavorido. Ahora, estaba más incómodo de lo que imaginó. Sin embargo por algún inexplicable motivo, no hizo movimiento alguno para desprenderse de la molesta presencia de su maloliente vecino.

–Le propongo un… ¿Cómo decirlo? ¿Juego? ¿Apuesta? ¿Desafío? Llámelo como quiera.

– Dejame de joder con jueguitos de palabra.

– Escuche. No se ponga nervioso. Yo, le aseguro una buena racha de suerte. Y usted, verá que ante el primer acierto importante, no se puede contener y lo cuenta a los cuatro vientos.

– ¿Y si no lo cuento?

– Se puede quedar con toda la ganancia. Pero, si yo tengo razón, me quedo con todo.

 – ¿Que ganancia? ¿Como podes garantizar una buena racha? Además, para el caso que la tenga. ¿Quien me asegura que fuiste vos el responsable? ¿Te pensás que me podés hacer el cuento del tío a mi?

–Tranquilo. Con mi sistema está protegido. Entre otras cosas, por que va a jugar con mi dinero.- una buena cantidad apareció en su garra izquierda cual si se tratara de un acto de magia.

La guita fácil resultó una tentación que Rómulo no pudo obviar. La manoteó casi al vuelo.

–Veo que acepta. Me gusta su osadía. Cuando menos lo espere le van a llegar mis instrucciones. Antes de irme le repito las reglas. Yo lo hago ganar. Pero, si lo revela, me quedo con todo. ¿Con todo? ¿Está claro?

 

De pronto, el bullicio de las tribunas se apagó. El final de la carrera se transformó  en cámara lenta.

 

Al tomar el dinero, dejó caer el diario al piso. Se agachó a recogerlo. Al reintegrarse, el desconocido no estaba. Instintivamente tanteó sus bolsillos. Todo en orden. Contó el dinero que le dejó. Tres mil quinientos pesos. Por las dudas, enrolló y escondió el tesoro en el dobladillo del pantalón. Un espacio que él mismo había confeccionado, para evitar a los pungas en la puerta del hipódromo. Se dispuso entonces a retomar la lectura.

Notó que ese no era el mismo periódico que trajo de su casa. Buscó una vez más debajo del asiento. No había otro. Este, era del lunes pasado. Estaban los resultados. Lo iba a tirar, cuando al doblarlo quedó frente a sus ojos el título de la crónica de la última competencia.

-¿Pero? ¿Qué es esto? ¿Una broma? ¿El Loki Coyote le gana a Abbadon? Estaba tan indignado, que no le cayó la ficha de lo que realmente importaba. La noticia no era del lunes pasado. Era, o pretendía ser, la crónica de mañana. Tenía en su poder el sueño de todo timbero. ¡El famoso diario del lunes!

Una locura.

Imposible.

¡Una broma!

¡Seguro!

El coso ese, se arregló con sus amigos para tomarle el pelo. ¡Claro, es eso! No lo dejan en paz. Lo acosan constantemente. Insisten con que vaya a un psicólogo. Dicen que está obsesionado con las carreras.  Que se tiene que tratar. Que no se puede pasar todo el día pensando y hablando sólo de caballos.

–Como si ellos fueran normales. Si los agarra un loquero se hace un picnic. Lo que les molesta es que él puede pronosticar ganadores. ¡Esa es la verdad! Todo esto que le sucedió en el ómnibus, era una puesta en escena para amedrentarlo. ¡Hijos de puta, ya los iba a agarrar!

Descendió del colectivo en el portón de la tribuna general. Como cada domingo, se encaminó a la boletería para comprar su entrada.

En la primera carrera le gustaba uno que debutaba. Propiedad de una de las caballerizas más poderosas. Su entrenador no corría por correr. Pagaba poco. Ni siquiera doblaba la apuesta. Ideal para empezar ganando. Le jugó una buena parte de su capital y se sentó en la tribuna a ver el desarrollo. En eso, llegó Chamuyo, uno de sus compañeros de domingos. Chamuyo era más joven que Rómulo. Usaba un aro en su oreja izquierda que era objeto de constantes bromas por parte de la barra. Para Chamuyo, el hipódromo era la oficina, ya que levantaba juego clandestino, para uno de los banqueros mas poderosos.

– ¿Cómo estás viejo? –saludó Chamuyo al tiempo que le estampaba un abrazo.

– Casi caigo –fue la respuesta sin concesiones de Rómulo.

– ¿En dónde? –preguntó, entendiendo que su amigo había tenido algún tropiezo.

–Hacéte el boludo nomás. Te sale muy bien.

– ¿De qué hablás?

–Lo que les habrá costado contratar un actor. No tienen nada que hacer ustedes. Además dónde encontraron uno tan feo. Triple feo –al escuchar la ocurrencia, ahora saliendo por primera vez de sus labios, ya no le resultó tan graciosa.

–Largaaroooon –el relator del hipódromo cortó el diálogo. Ambos se dispusieron a observar las incidencias de la prueba y aceptaron tácitamente que después seguirían con la conversación.

No tuvo chapa el que le gustaba a Rómulo y para colmo ganó Typhon. Con el que Chamuyo casi queda afónico al gritarlo como un desaforado. Rómulo no se acercó para continuar la charla que había quedado trunca. Decidió esperar a que estuviera toda la barra junta. Quería disfrutar el momento de detallarles como se percató de su broma. Podía saborear como se iba a carcajear frente a sus caras.

Lentamente, se fue a ver los competidores a lo que se conoce como los boxes de espera. Un lugar del que siempre sacaba buena información. Había que abrir bien ojos y oídos. Los datos, llegaban solos.

Encontró un banco frente al lugar en que los entrenadores hacían los preparativos previos de los ejemplares. Sacó la hoja de las carreras. Con inverosímil sorpresa comprobó que estaba anunciado el triunfo de Typhon en la primera. Inmediatamente recorrió con su vista el resultado de la segunda.

– ¡Lilith, que novedad!

–Esa no puede perder abuelo, pero no paga nada –le respondió un joven que estaba a su lado.

–Si claro –contestó un poco cortado al percatarse que había expresado su pensamiento en voz alta. Sus amigos no se habían complicado mucho para armar el diario del lunes. Todo el hipódromo sabía que Lilith era una fija.

Volvió a observar el resultado de la primera. Para su asombro estaban perfectos los nombres de quienes secundaron a Typhon, sus dividendos y las distancias a las que habían arribado del ganador. Repasó una vez más los detalles buscando con avidez un error. No lo había.

Impávido, se dispuso a observar en uno de los numerosos monitores los acontecimientos de la segunda. Cuando cruzaron el disco, Rómulo no podía moverse de su sitio. Ganó Lilith. Era esperado. Pero todo el resto de los detalles como figuraban en el diario, se hicieron realidad. Sólo atinó a guardar la hoja en un rápido movimiento cuando vio que Carlitos se sentó a su lado.

Carlitos era el único que no estaba jubilado y que además tenía un trabajo en regla. Pagaba aportes y todo. Era el ícono de legalidad dentro del grupo.

– ¿Me dijo Chamuyo que te caíste? ¿Dónde? ¿Te pasó algo?

–No nada. –por un momento no supo como salir del atolladero que él mismo construyó. –Casi me caigo, pero no caí. Fue un tropezón nomás. Viste como es Chamuyo, le decís que viniste con paraguas y te arma el diluvio. No fue nada. ¿Y vos, como llevás la tarde? ¿Acertaste alguna? –preguntó desviando la conversación.

Una cosa lleva a la otra y no pudo desembarazarse de Carlitos para ver el informe del diario para la tercera. Así que, con el marcador puesto, comprobó una vez más, la milagrosa coincidencia.

Para la cuarta no perdió tiempo. En la boletería, sacó el diario y le dijo ansioso a la encargada: –Hoy sos mi amuleto de la suerte. Ya vas a ver como de acá al final, acierto todas. –La cajera no cambió la aburrida expresión de su cara. Menos, ante uno de los cientos de similares pronósticos que recibía por tarde. Rómulo se agachó y sacó mil pesos del dobladillo. Se los acercó a la boletera, al tiempo que le decía: –jugamelo todo a….. –acercó el diario e hizo un esfuerzo para leer el ganador de la cuarta. Un error de imprenta, le impedía ver el resultado. Hizo hasta lo imposible por descifrarlo. Intentó obtener alguna pista que lo guiara. Número, jockey o entrenador. Procuró deducir la información por los que no ganaron. Era ilegible. Los que estaban en la cola, empezaron a impacientarse. Surgieron algunos gritos poco amigables, por lo que decidió retirarse resignado.

Parado a un costado de la boletería, mientras insistía en deducir el ganador de la cuarta, volvió a repugnarse y reconoció el mismo olor nauseabundo del ómnibus. Levantó la vista y ahí estaba.

– ¿Cómo anda Rómulo? Ya multiplicó nuestra plata.

–No, todavía no.

–No se demore, hoy hay sólo siete carreras. Ya se perdió cuatro.

– ¿Y que querés que haga? El diario que me diste, está todo mal impreso.

–El diario está perfecto

– ¡Que va estar! Mirá, en la cuarta no se entiende nada.

El tipo tomo el diario, observó el detalle que Rómulo le señaló y acotó –Yo leo que el ganador es Saitan.

–Si, dejáme de joder –dijo al tiempo que le arrebataba nuevamente el diario para corroborar que… ¡Se leía perfectamente el resultado de la cuarta! ¿Era posible?

Pasó la página y repasó  el resultado de la última, para ver si había cambiado.

– ¿Che y vos estas seguro que en la ultima gana El Loki Coyote? ¿No habrá algún error?

–No se quien gana la última. El diario lo tenés vos.

–Es que, Abbadon perdiendo con El Loki Coyote…es raro.

–Me voy- lo cortó como si nada hubiera escuchado de lo que le decía Rómulo –recuerde nuestra apuesta. No es capaz de acertar sin vanagloriarse.

En ese momento le cayó la ficha de lo que le dijo a la cajera. –Pero no puede ser – pensó.

–Si puede ser –contestó la extraña figura.

Rómulo se dijo que seguramente había pensado en voz alta.

–No, no pensó en voz alta –fue la respuesta inmediata.

– ¡Puta que te parió! –Atinó a decir el viejo, al tiempo que daba un paso atrás.

–Saitan corre con vaaaaaaaarios cuerpoooooos y no pierde massssss –se escuchó por los parlantes del hipódromo –giró y confirmó en un monitor del circuito cerrado como  el susodicho Saitan cruzaba el disco primero.

Se volvió hacía el feo, pero ya no estaba – ¡Puta que te parió! –repitió sobresaltado.

 

A falta de nada, apareció por el lado externo de la pista una exhalación. Una sombra. El ruido de sus cascos se hizo ensordecedor. Levantaba arena como una tormenta en el desierto. Era El Loki Coyote que voló rasante, acortando lo que parecía indescontable.

 

En las dos carreras siguientes no tuvo problemas. Jugó, ganó, calló y cobró. El dinero, se multiplicó.  Rómulo, escapó del encuentro con conocidos. Evitaba  cometer el error, aunque involuntario, de pavonearse.

Salieron al paseo preliminar los competidores del último cotejo. El clásico de la tarde. Rómulo, miraba una y otra vez su diario. No daba crédito. Era imposible que Abbadon perdiera con El Loki Coyote.

– El Loki Coyote… ¡Como le va a ganar El Loki Coyote! –repetía una y otra vez.

Los aciertos de toda la tarde, terminaron por convencerlo. Apostó hasta el último centavo a El Loki Coyote. Abbadon era el gran favorito, por lo que en caso de salir todo bien, se haría con una gran suma. Más de lo que había ganado en mucho tiempo. Era el fin de la mala racha.

Poco antes de  largar, escuchó a sus espaldas la característica voz ronca del Gordo Carmelo que le preguntó si había jugado a Abbadon.  El Gordo era buen tipo. Su barba blanca multiplicaba su apariencia bonachona. A Rómulo casi se le escapa más de lo permitido. Pero se acordó y mintió: Por supuesto Gordo, si pierde, me voy a casa de rodillas.- ambos rieron y se aprestaron a ver la carrera.

 

La algarabía se transformó en asombro. Abbadon por dentro y El Loki Coyote por afuera cruzaron casi en una misma línea la sentencia final. Se alzó la bandera verde y  los números de ambos ejemplares a la par. Esto daba tiempo a los comisarios, de recurrir a la foto de sentencia para  determinar quien fue el primero en cruzar el disco. Pasaron unos instantes. Parecieron horas. Se bajó el número del favorito y coronando lo más alto del marcador, al lado de la chapa que indica el primer puesto, quedó el número seis de El Loki Coyote.

 

Rómulo quedó impávido. Se mantuvo en idéntica posición durante varios minutos. Hasta que escuchó clarito cuando Carlitos, sin notar su presencia, le dijo a los otros: Ahora falta que venga el nono, llorando y otra vez pelado por culpa de Abbadon. Pobre viejo, está cada vez más loco.

Eso fue un gatillo en su cabeza. Hacía meses que aguantaba las burlas de todos. De su boca salió algo similar a un alarido. Al repetirlo inalterado dando unos saltos extraños alrededor de sus amigos, cobró significado. ¡El Loki Coyote, la puta que los parió! -aullaba-. ¡El Loki Coyote, la puta que los parió! – continuó, casi sin voz. ¡A cincuenta por uno, giles! ¡Aprendan a jugar! –Su euforia se hizo incontrolable- ¡El Loki Coyote la puta que lo parió! ¿Así que yo no acertaba una? ¡El Loki Coyote viejo nomás…

-Se ruega a los señores apostadores- sonó impertérrita la voz de la locutora en los parlantes del hipódromo-, conservar sus apuestas. Aparentemente, hay un inconveniente con el repesaje de los jinetes participantes de esta última carrera.-

Escuchar la primera parte de este mensaje y caer fulminado, fue todo uno para Rómulo.

Los jockeys deben pasar por la balanza antes de cada cotejo. Junto al equipo de montar tienen la obligación de alcanzar un kilaje determinado. Un peso exacto. Al finalizar la competencia, vuelven a someterse a la báscula. Para que el resultado de la carrera sea confirmado, deben mantener el mismo peso, con un margen de error preestablecido. En los hechos, la posibilidad de perder tantos kilos durante la competencia, como para correr el riesgo de ser descalificado, es de una en un millón. Sin embargo, esto le sucedió al piloto de El Loki Coyote. Fue distanciado y como marca el reglamento Abbadon pasó a la primera colocación.

Una muchedumbre rodeaba con macabra curiosidad al anciano que yacía en el piso de la tribuna popular. Un tipo muy desaliñado vestido de paramédico lo contenía arrodillado a su lado.

– Tranquilo abuelo. Ya nos vamos.- dijo el hombre al tiempo que con un gesto de resignación confirmaba a sus compañeros que no había nada por hacer.

– Yo sabía….yo sabía. ¿Te acordás que te dije, no? Reconocéme que te lo dije- balbuceaba en un hilo de voz, agonizante, mientras  clavaba como garra su mano en el antebrazo del hombre-. Yo te dije Triple Feo, te dije… era imposible ¡Cómo le va a ganar El Loki Coyote a Abbadon!-

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