Palabra

 

               El tipo era raro.

            No es que se necesite mucho para ser considerado así en un  relegado balneario como San Luis, pero en este caso, la rareza del sujeto superaba los límites aceptados por cualquier urbe. Pelo canoso y largo hasta la mitad de la espalda, atado por una vincha, si se le puede llamar de esa forma al cordón de zapatos que utilizaba para ese menester. No vestía camisa, ni abrigo. El  pecho al aire, tanto en invierno como en verano, con el pretexto aparente, de poder lucir un colgante de dientes de… algún animal difícil de determinar. Unos pantalones cortados en forma de short y una especie de sandalias romanas completaban su atuendo. Anexada a su mano izquierda, llevaba una soga siempre tensa, a la que precedía un cuzco de tamaño pequeño y ladrido incesante, que tironeaba a su amo cual si tuviera la fuerza de una yunta de pittbulls. Su andar errático, provocado por la actitud del susodicho animal, se acrecentaba porque él acostumbraba mirar a lo lejos con inaudita persistencia, como oteando el horizonte. Esta desatención promovía que el resto de su cuerpo se sorprendiera con cada sacudida que le daba el can. Estos atributos lo hacían inconfundible a varias cuadras de distancia. Algunos lo compararon con Don Quijote, buscando molinos de viento. Otros aseguraban que quedó así cuando en el cine se tomó un té de hongos mirando Spartacus. Pero, fue la inmensa mayoría que lo bautizó Conan.

            Imposible develar cómo y en qué momento apareció en el pueblo. Los habitantes de San Luis no son capaces de recordar la primera vez que lo vieron. Otro misterio, es que nadie escuchó nunca su voz. Claro que, tampoco hubo quien se detuviera a conversar con el extraño personaje, tan siquiera una vez. Los vecinos acostumbraban cruzar la calle cuando lo veían venir, aunque con el paso del tiempo, terminaron por aceptar que era totalmente inofensivo y lo adoptaron como parte del mobiliario público de la zona.

            Una tarde de otoño, se mandó repentinamente por la rampa que bajaba a las cocheras del único edificio del poblado. Ese que quedaba frente a la playa, símbolo de una moderna prosperidad que nunca llegó. Jacinto, el portero, que en aquel momento se encontraba barriendo la vereda, no se percató cuando Conan pasó a sus espaldas y ganó el portón abierto. No se sabe qué hubiera sucedido si el perro no hubiera ladrado. Pero fiel a su carácter,  eso fue lo que le permitió a Jacinto advertir como el loco Spartacus se deslizó sigilosamente hacia el interior de la residencia. Bajó corriendo,  o mejor dicho a la máxima velocidad que le permitían sus casi 70 años y se detuvo detrás de una columna para desde allí, observar sin ser visto los movimientos de los intrusos. Así, fue testigo  de cómo ambos se dirigieron a un rincón, ese que se formaba detrás de la pared que separa la entrada del hall de la escalera de acceso. Percibió que se dispusieron a tirarse en el piso, con la clara intención de quedarse en el lugar. Sin poder contenerse, Jacinto abandonó su puesto de observación y empezó a los gritos:

            –¿Qué hacés loco de mierda? ¡Rajá de acá! Mirá que si no te vas por las buenas llamo a la policía –si bien dijo esto con mucho ímpetu, su actitud no denotó tanta seguridad ya que, a medida que se acercaba, sus pasos se acortaron y se cuidó en extremo de mantener prudencial distancia – ¿Bo, me escuchaste? No me vengas a joder a mí, pelate por donde entraste –agregó con teatralizado convencimiento.

            Sin embargo lejos de esclarecerse, la situación se tornó cada vez más extraña. Entre otras cosas porque el perro no repelió a Jacinto. Teniendo en cuenta sus reconocidas cualidades de ladrador empedernido, resultaba inconcebible que no lo hubiera hecho ni una sola vez. Pero en esta ocasión, se mantuvo en absoluto silencio. Es más, un instante después se quedó profundamente dormido. El portero pensó que era algún tipo de farsa, pergeñada por Conan, quien amaestró al cuzquito para que lo ataque en cuanto lo tuviera al alcance. Por las dudas, no se acercó. Tenía que ser una trampa.  Lo llamó una vez más:

               –Bo, mugriento, si no te levantás, te vas a despertar en la comisaría. ¿Entendés?

            No solo no hubo respuesta, sino que el sabueso comenzó a emitir un sonoro y profundo ronquido. Confundido, Jacinto se cuestionó seriamente, si era posible que la bestia pudiera fingir eso.

            Sin rendirse, fue a buscar su herramienta de trabajo y volvió decidido a correrlos a escobazos. Con el palo, punteó un par de veces al animal. No obtuvo respuesta.  Apuntó entonces a Conan y cuando el cabo de la escoba estaba por hacer contacto con la espalda desnuda del visitante, escuchó por primera vez su voz que le sonó extrañamente cuerda:

                   –Dejame dormir un rato Jacinto.

            Frizado se quedó cuando notó que lo llamaba por su nombre. Pero fue el inesperado tono de la voz  lo que lo pasmó por algunos segundos.

               –¿Cómo sabés…? –comenzó a preguntar.

            –Trabajás hace cuarenta años en el mismo lugar. Todos sabemos tu nombre –lo cortó Conan con un dejo  de molestia antes que finalizara la pregunta.

            Jacinto no dejaba de apuntarle con el fusil de su palo de escoba. La cabeza le trabajaba a mil, pero no encontraba palabras:

            –Así que te hacés el loco, pero no mascás vidrio –pensó. Instantáneamente se dio cuenta de que lo había dicho en voz alta y, como para disimular, continuó la frase –: Pero no puedo dejar que te quedes. Dale, mové el culo.

            –No jodas Jacinto, ni cuenta se dan que estamos en este rincón –respondió monocorde Conan sin mover el más minúsculo de sus músculos –, si llega a bajar alguien al garaje, quedamos escondidos por la pared del fondo.

            –¡Bo, hijo de puta! ¡Tenés todo estudiado! ¡Pelate de acá porque llamo a los ratis y te la dan con fritas! –Gritó el portero a los saltos, dominado por el pánico.

            –Quedate tranquilo, solo quiero dormir, no me interesa cargar con nada que no sea mío. De lo contrario, hubiera abierto el auto de la gorda del cuarto para sacar el juego de llaves  que deja siempre debajo de la alfombra trasera.

            –Pero,… –no dijo más. Corrió hasta el lugar donde Gisela guarda el auto, abrió la puerta y comprobó que cada palabra que había dicho Conan era cierta. Volvió corriendo y gritando agitado –¡Si no te vas, llamo ya a la policía!

              –No la vas a llamar –sentenció.

            –¿Vos sos pelotudo? A mí no me torees. Bato todo lo que me dijiste y te mando en cana.

              –No la vas a llamar –repitió con suficiencia.

            –¿Que no? ¡Ya vas a ver loco de mierda! Giró sobre sus talones y salió rumbo a la portería.

            No había dado tres pasos cuando escuchó:

         –Sabés bien que te gastaste los últimos créditos de la tarjeta del celular, en los mensajitos que le mandaste a Celia. Ahora tenés que esperar hasta el mes que viene para que te lo recarguen –al tiempo que Jacinto se paró en seco, Conan continuó –, por cierto, muy original eso que le pusiste que eras capaz de hacerle si te dejaba la puerta abierta.

            El portero volvió sobre sus pasos, arrastrando los pies, devastado. En reconocimiento tácito del triunfo de Conan.

            –¿De dónde mierda saliste? –Murmuró con la más absoluta convicción puesta en cada una de sus palabras.

            –Lo que importa no es de donde vengo, sino a donde voy.

            –Dejame de joder con esas sentencias de El Principito.

            –A ver si me entendés. Necesito tres horas de sueño. Te juro que después no me ves nunca más. Te doy mi palabra.

            –¿Tu palabra? ¡Como si en estos días la palabra tuviera algún valor! El que no entendés sos vos. Estoy sólo a unos meses de jubilarme, no quiero quedarme sin pensión por tu culpa. Mirá si… –mucho antes que el encargado pusiera fin a su discurso Conan ya estaba profundamente dormido.

            Pensó en despertarlo varias veces, pero lo cierto es que no se animó. Finalmente a las cinco de la tarde amo y  perro comenzaron a despabilarse lentamente.

            –¿Todavía estás acá? –Preguntó Conan el descubrir a Jacinto en la misma posición que lo había dejado.

            –¿A dónde vas? –Fue la inquisición inmediata que obtuvo por réplica,  como si no hubiera escuchado la pregunta que Conan le realizó. Como si tampoco hubiera pasado el tiempo desde que su interlocutor se durmió.

            –Tengo una cita–. Esgrimió, más por compromiso con quien le facilitó el techo, que por avidez de responder.

            –¿Con quién te vas a encontrar?

            –Con alguien que hace mucho que deseo ver.

            –¿Una mujer?

            – Es mucho más que eso.

            –¿Es linda?

            –Es del tipo que a todos en algún momento nos resulta irresistible.

            –¿Hace mucho que no la ves?

            –Hace largo tiempo se llevó algo que era mío.

            –¿Y recién ahora se van a volver a ver?

            –Estuvimos por encontrarnos un par de veces, pero ella se encargó de esquivarme.

            –¿Entonces, cómo podes estar seguro que hoy es el día?

            –Cada día que pasa es un día que me acerca a ella. Ya no tengo tiempo

            –¿Y no sería mejor que te bañes y te arregles un poco, en lugar de dormir una siesta?

            –Necesitaba descansar para asegurarme que, llegado el momento no me voy a dejar vencer por mi cobardía. Ella ya utilizó ese recurso para eludir mis propuestas. Pero ahora no estoy en condiciones de soportar otro fracaso.

            Un pequeño silencio sin preguntas, indicaron que el interrogatorio había terminado. Antes de marcharse, soltó la correa del perro, le dio una orden con un gesto y éste fue hasta donde estaba Jacinto. Allí se sentó a los pies del portero. Juntos observaron como Conan se metió en la playa y desapareció detrás de una duna. Unos minutos después Jacinto continuó con sus quehaceres. El perro por el contrario quedó esperando en alerta absoluta, sin moverse. No comió ni bebió durante cuatro días. Pero fue en vano. Aquel tipo era demasiado raro. Tan raro, que cumplió con su palabra.

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