No tiene precio

¿Como olvidar Pintado? Esas tardes con cuarenta grados a la sombra, enmarcadas en un pueblito fantasma, que floreció con la llegada del tren y se marchitó cuando éste dejó de correr sus rieles.

Un primo de mi padre arrendaba una chacra a dos kilómetros del lugar. Mi viejo me mandaba todos los años para que diera una mano con los quehaceres del campo. Fue así que aprendí a sembrar, a trabajar una huerta, a ordeñar una vaca y hasta a montar a caballo.

Al caer la tarde, cuando el sol aflojaba su martirio, sin falta y sin excusas nos llegábamos hasta el boliche del pueblo a tomar unas cañas, que por ser las primeras de mi vida, sabían a gloria. En lo de Pasculli, tal el apellido del cantinero que le daba nombre a la desvencijada taberna, conocí a Don Franco. Un viejito de aspecto curtido, quién todas las nochecitas, luego de uno o dos tragos narraba historias únicas y atrapantes. Mi inexperiencia, las primeras luces de la noche y la decoración casi tenebrosa del boliche se sumaban al efecto del aguardiente, para generar el ambiente perfecto que le daba a los relatos una veracidad irrefutable. Mientras mi tío conversaba con los lugareños o se despuntaba unos pesos jugando al monte, yo me quedaba con Don Franco, escuchando fascinado cada una de sus palabras. El viejito cerraba sus ojos y a sabiendas que contaba con una ávida audiencia, impostaba su voz para lanzarse de lleno en una anécdota a la que seguramente por repetida, nadie más prestaba atención.

Entró al bar a la hora de costumbre y se enfrentó al cuadro imperecedero de todas las tardes. Los parroquianos acodados en la barra, la mesa de billar con el paño agujereado y la de truco repetida hasta el infinito con el “Inglés” Pérez, Pisorno, el rengo Larraura y Gonzalito.

– Quien pudiera irse de este pueblo de mierda para no volver… – atinó a murmurar ante la redundante escena. Pero sus cavilaciones quedaron en este punto, conciente que no contaba ni con la más remota posibilidad de trasponer las poco delimitadas fronteras de Pintado.

Ruano, apodo ganado en su juventud por su rubia cabellera, saludó a los presentes, deteniéndose un instante con cada uno para intercambiar comentarios de rigor. Al finalizar se acomodó la boina, ladeándola hacia la derecha, y se encaminó al mostrador dónde ya le esperaba la copa de caña con butiá que le sirvió el propio Pasculli apenas traspuso la puerta del boliche.

Levantó su mano empuñando delicadamente el trago, en el eterno ritual de todas las tardes y brindó.

– ¡A la salud de María! –

Un coro de voces acompañó el brindis. Es que por reiterado no era menos sentido, ya que María les valió a los presentes muchas rondas de licores variados cuando en sus bolsillos menguaban las monedas. Cosa que vale aclarar, sucedía cotidianamente.

En Pintado, eran contados con los dedos de una mano los hombres que tenían un ingreso permanente. El trabajo era un bien escaso. Es cierto, muchos pasaban perpetuamente acodados al mostrador sin hacer el mínimo esfuerzo por obtenerlo. De las mujeres, ni hablemos. Sólo una se ganaba el pan tejiendo buzos de pura lana de oveja. Los vendía a una tienda instalada en la capital y obtenía con cada encomienda mucho más que la mensualidad de varios peones. Esa no era otra que María. La compañera y sustento económico de Ruano. Por eso, al poco tiempo de conocerse, cuando empezaron a mantener una relación amorosa, él decidió dejar las changas con que sobrevivía.

– No por que sea vago – repetía hasta el cansancio – lo que pasa es que los ingresos de María son suficientes para que vivamos ambos sin sobresaltos. –

Ruano alababa a su mujer en cada ocasión que se le presentaba. Esta actitud sonaba a oídos ajenos, como una forma de agradecer y proteger la inaudita fortuna de tenerla a su lado. Pero el pueblo rumoreaba a sus espaldas el verdadero motivo;  esconder bajo un manto de loas, una relación que con el paso del tiempo se transformó en opresiva.

Lo cierto es que más allá del brindis con el que bebía invariablemente el primer sorbo de cada copa, Ruano no se cansaba de enumerar las virtudes de su amada. Un día era su forma cocinar, otro como lavaba y planchaba su ropa o el modo en que cuidaba el rancho. Pero, invariablemente, destacaba como lo esperaba pasional en el lecho de amor. Todas las noches después de la tercera o cuarta vuelta de caña, Ruano ponderaba uno o varios de los atributos que adornaban a  su china.  

Los parroquianos glorificaban las palabras de Ruano. No sin reconocerlas exageradas y sobreactuadas, pero a sabiendas que esto valía otra ronda de tragos por cuenta del implicado. Este por su parte, jamás intentaba justificar virtudes propias para merecer una mujer como María,  pero según él mismo decía, esa providencia era sobrado motivo para celebrar con una cañita compartida

Bien entrada la velada cayó al boliche el Gallego Muiño. Con unas pocas cuadras de campo y unas flacas cabezas de ganado, era considerado el mayor hacendado de la zona. El gallego visitaba poco el boliche, menos en horas de la noche. Había dedicado toda su vida al trabajo y estaba orgulloso de lo que había obtenido. Nada más lejano a su forma de ser, que derrochar tanto esfuerzo en copas y largas conversaciones etílicas.

Quieren las casualidades que justo al volver de una feria de ganado, el destino le jugó una mala pasada a su eterna Ford pickup, la que se quedó sin combustible pocas leguas antes de la entrada al pueblo.

La irrupción de Muiño, lejos de pasar inadvertida, sembró un silencio descomunal y quebró la monotonía de cientos de tertulias dónde los personajes se repetían con pertinaz frecuencia. Ahora éstos, sin previo aviso, se veían enfrentados al mayor potentado de la zona, ese que en muchas ocasiones, por no decir en todas, resultaba su única fuente de ingresos cuando los contrataba para llevar a cabo algunas changas esporádicas.

Ruano ajeno a la presencia del Gallego, continuaba con su clásica diatriba sobre María. Es que cuando las copas surtían su efecto se enfrascaba en la reseña y perdía la mirada en el cielorraso del boliche, en un gesto teatralmente estudiado, con el que pretendía dar a entender que estaba buscando una ayuda dónde refrescar su memoria con las infinitas peculiaridades de su amada.

El bolichero intentó un tenue movimiento para avisarle a Ruano de tan prominente como sorpresiva visita, pero Muiño lo detuvo con otro pequeño gesto. Ruano podía sentir en su cuerpo el silencio que lo abrazaba. Ni las voces de la mesa de truco sonaban. Lo atribuyó a su capacidad de narración. Por un momento sintió la necesidad de saciar su curiosidad por ver la escena que el mismo había construido, pero se contuvo, se enfrascó en su exposición redoblando esfuerzos y sin escatimar detalles. Era el momento adecuado de aumentar la apuesta llevando sus palabras hasta dónde nunca se había arriesgado.

– …ah esos guisos, que en el crudo invierno despiertan en mis narices los más profundos deseos contenidos, esos guisos que sólo las deliciosas manos de María son capaces de preparar, porque entre sus ingredientes cuentan con el amor de quien cocina para gustar. Muchos de los aquí presentes pueden dar fe de lo que les digo, porque se han deleitado con los maravillosos platos que salen de la cocina de María. Yo tengo la suerte de disfrutarlos cada día y cada noche, aunque en las noches…tengo para mi, el placer mayor…el de degustar el amor de María, ese que me brinda sin pedir nada a cambio, ese que enciende y mantiene vivo el fuego de la pasión que nos une. Pasión que ella y sólo ella sabe inflamar como nunca imaginé que una mujer pudiera hacerlo. Pasión que se ilumina desde el corazón y sólo un corazón como el de María es capaz de entregarse de tal forma que si por mí fuera el mundo puede terminarse mañana. Yo ya alcancé la máxima felicidad a la que un hombre puede aspirar. ¿Cuánto vale? ¿Cuánto vale una mujer como ella? ¿Quién puede tener la capacidad de valuar lo invalorable? –

– ¡Se la compro! – fueron las tres palabras que hicieron trizas el ambiente, el relato de Ruano y sumieron todas las miradas en la enorme figura de Muiño.

Los ojos de Ruano se abrieron de golpe. Divisó la formidable figura del hacendado. El asombro dibujó una mueca en su rostro, pero desapareció cuando una tímida disculpa se agolpó en su boca.

– Oiga Don Muiño, no sabía que estaba aquí. Sepa disculpar si con mis ensoñaciones pude molestarlo de alguna manera

– ¿No me escuchó bien? – preguntó sin que un asomo de ironía enmarcara su cuadrado rostro – ¡Le he dicho que se la compro!

– ¿Que dice? ¡Me esta tomando el pelo! – dijo Ruano, al tiempo que una pequeña y tímida sonrisa asomaba en sus labios – ¿Pensó que iba a caer en su broma, eh? Le repito que me disculpe si mi perorata lo aburrió.

– Escúcheme bien Ruano – lo cortó el Gallego – yo soy un hombre que sabe lo que quiere. Sus palabras me conmovieron, me llegaron hasta los huesos. Usted ha hecho una descripción exacta de la persona que siempre quise tener a mi lado. Perdí lo mejor de mi vida trabajando, esperando en algún momento conocer a alguien así.  Hoy la encontré. Lamentablemente tiene dueño. Nunca le robé nada a nadie y ahora de viejo no voy a convertirme en un ladrón. Por eso se la quiero comprar, y hay algo que le puedo asegurar: ¡Yo si sé cuanto vale. Y se la voy a pagar hasta el último centavo!

– ¡Usted está loco Muiño, como piensa que voy a vender a mi mujer!

– ¡Doscientos mil pesos! – fue la única respuesta de Muiño

El silencio se cortó con las exclamaciones de asombro de todos los presentes. Es que, primero se percataron que el Gallego iba en serio y luego que nunca habían ni siquiera imaginado tan estrafalaria suma.

En los oídos de Ruano retumbaba la cifra. Con esa plata podía vivir toda su vida, comprarse un campito, un auto y sobre todo irse bien lejos del pueblo. Era mucha plata, más de la que él era capaz de imaginar. Pero no podía ser. Tenía que ser una broma.

– ¿Me habla en serio? ¿Cómo voy hacer una cosa así? – dijo en un hilo de voz

– Mire, vamos hacer una cosa para que salga de dudas. Lo espero mañana a las tres de la tarde, en el cruce de caminos de la cañada grande. Yo llevo los doscientos mil pesos, usted si es que acepta, traiga a su mujer. Va a poder comprobar que tan en serio le estoy hablando.- diciendo esto giró y salió del boliche blandiendo en su mano izquierda la damajuana de combustible para la camioneta.

En este punto Don Franco hizo una pausa, abrió sus ojos, me miró fijo y al notar que yo ni pestañeaba, prosiguió.

Pasaron más de tres años sin que le viéramos un pelo a Ruano. Una tarde estaba yo frente a la puerta de lo de Pasculli, esperando que pasara el camión lechero para que me arrimara hasta la ciudad, cuando un hermoso colachata, apareció de la nada y se detuvo frente a mí.

– ¡Pero Franco, para vos si que no pasan los años! –  fueron sus primeras palabras al apearse del auto. Venía vestido con un traje de medida color crema, un gacho de medio lado y unos zapatos de charol que brillaban tan fulgurantes que hasta enceguecían. En el mismo momento que se acercó con los brazos extendidos para estrecharnos en un prolongado abrazo, salió del boliche como una exhalación el Gallego Muiño, quien atropellándonos, tiró a Ruano al medio de la calle de un empujón.

No había quien pudiera, ni quien quisiera detenerlo.

Con toda su furia contenida se le fue encima gritando como nunca había visto a nadie hacerlo.

– ¡Ladrón, hijo de puta! ¡Te voy a matar! – aullaba mientras lo revolcaba por el balastro.

– Espere, Gallego espere – atinaba a decir Ruano mientras intentaba vanamente defenderse.

– ¿Que espere? Malparido, hace años que espero este momento estafador! – espetaba Muiño, mientras lo tomaba de las solapas del fino traje y lo elevaba hasta que los pies de Ruano no tocaban el piso.

– No diga eso Gallego, no diga eso. – intentaba en vano calmarlo Ruano.

– Pero si serás mal nacido, me vendiste una mujer que no sirve para nada contándome maravillas de ella. – continuaba gritando mientras sacudía a Ruano como si se tratase de un muñeco de trapo.

– No diga eso Gallego, no diga eso – repetía el pobre Ruano que agregó- No hable así de María.

Al escuchar el nombre de la mujer, Muiño se enfureció aún más. – Pero como tenés el descaro de decirme que no diga eso, basura hijo de puta, si me la pintaste como la mujer más buena, trabajadora y pasional de la comarca – le gritaba a menos de un centímetro de la cara.

– No hable así de María, Gallego. – insistía Ruano quien en un movimiento inesperado logró zafarse del abrazo nada amistoso de Muiño, mientras todos lo presentes nos abalanzamos sobre el Gallego para que no cometiera una locura.

– ¡Me gasté hasta el último peso de mi fortuna para comprártela y no sirve para nada! Se pasa todo el día echada y por las noches es mas amarga que las heladas de agosto…y vos hijo de puta me decís que no te diga eso – vociferaba llorando de rabia debajo de una montaña de gente que lo aplastaba y apenas podía contenerlo.

– No diga eso, Gallego – le volvió a decir Ruano, ahora con tono displicente, al ver que su contrincante difícilmente pudiera zafar bajo el peso de los seis hombres que lo controlaban. Al tiempo, se sacudía casi parsimoniosamente el polvo de sus ropas, recogía el sombrero hecho trizas y se encaminaba al colachata que aún lo esperaba con la puerta abierta.

Puso en marcha el motor y arrancó. Al pasar junto a Muiño y el séquito de contendores, disminuyó la marcha casi hasta detenerse, bajó la ventanilla y ya sin mayores miramientos y en forma de despedida dijo:

– Haceme caso Gallego. ¡Mirá que si seguís diciendo esas cosas de María, no se la vas a vender a nadie! –

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