INTENDENTE

-¿Me puede explicar por qué pusieron la venta de entradas para el carnaval en los locales de las redes de cobranzas?

Miré hacia un lado. Luego al otro. Estábamos solos. Parados frente al semáforo, esperando que la luz verde nos permita cruzar. Absoluta y comprensiblemente solos. Acostumbro despertarme a las cinco de la mañana. Bajo a la rambla media hora después, para trotar durante cuarenta  minutos. Una rutina que mantengo llueva, truene, haga frío o calor. Sólo así, me siento preparado para afrontar una estresante jornada de trabajo.  Mi recorrida visual completó los trescientos sesenta grados. Confirmé, por si hacía falta, que no había nadie en cien metros a la redonda. Regresé con la mirada al punto de partida. Me enfrenté a una señora mayor que, impertérrita, esperaba una respuesta.

-¿A mí me habla señora? – pregunté con cara de asombro, pero con amabilidad.

-Si disculpe, usted no debe entender nada. Le explico. Desde que se venden en las redes de cobranzas, cuando voy a comprar las numeradas, esas que están dispuestas frente al palco de autoridades, me encuentro con que están indefectiblemente agotadas. Y los muchachos que atienden,  no conocen del tema y no se animan a recomendar otra ubicación, para no comprometerse. ¿Me capta?

-Perdóneme señora. No se de que habla.

-Si se vendieran en el mismo lugar por dónde pasa el corso, sería más fácil. Así uno sabe lo que está comprando. El año pasado terminé sentada al final del desfile. ¿Sabe lo que eso significa? ¡Las comparsas dejaban de actuar antes de llegar dónde yo estaba!

¡Luz verde! ¡La salvación! Comencé a cruzar. No tuve suerte. La doña me siguió con sus argumentos sobre el dios momo a cuestas.

-¿Usted no puede hacer nada para que a los jubilados nos den una ubicación preferencial?

-Señora,  le repito, no entiendo de qué está hablando.

-¿Y el transporte? Debería haber un transporte especial. Hubo un año que volví a casa a las nueve de la mañana. Mi hija, pensando que algo malo me había pasado, hizo la denuncia en la comisaría.

-¿De dónde sacó usted que puedo ayudarla?

-Usted, como Intendente, debería poder hacer esas cosas. ¿El carnaval no lo organiza la comuna?

Me detuve. Miré para todos lados una vez más. Seguíamos solos.

-Señora, usted se equivoca, yo no soy el Intendente.

-Además debería organizar un desfile con los ganadores -continuó como si nada-.¿Por qué no hay un corso sólo con los que obtuvieron los primeros premios de cada año? Es una muy buena idea. Se la regalo. Seguro que así se asegura la reelección.

-¿Reelección? ¿Qué reelección? No quiero parecer descortés, pero no soy la persona que usted piensa.

-¡Vamos joven! ¡Soy vieja, pero no estúpida! Yo lo escuché muchas veces en la radio.

-¿En la radio?

-Claro, en la radio. Ayer nomás, estuvo con Julio. Hablaron de las encuestas, de su gestión y de las próximas elecciones. Yo lo escucho todas las mañanas a Julito. No por él, por el señor del vivero que da consejos de cómo cuidar las plantas.

-Señora, escúcheme un segundo. ¿Cómo puede reconocerme por la radio?

-Yo le digo que es usted. ¡Y es usted! Para ser sincera, yo no lo voté, porque a mí la política no me interesa. No se ofenda. Pero, estaba oyendo el programa de Julito, esperando que viniera Alfonso y lo reconocí.

-¿Alfonso? ¡Yo, no soy Alfonso!

-Oiga, le dije que no me tome por estúpida. ¿Cómo no voy a saber que usted, no es Alfonso? Es el del vivero, el que da consejos de cómo cuidar las plantas.

-Mire vecina, ya no sé que decirle. Piense lo que quiera.

-¿Y por qué me dijo vecina?

-¿Perdón?

Hizo un silencio melodramático de comedia de la tarde.

-Me acaba de llamar vecina -otro silencio, su hablar se tornó pausado- el intendente trata de vecinos a todos. Sobre todo…en época de elecciones. Que vecinos esto…que vecinos lo otro.

-No, doña, le dije vecina, porque no hay duda que vivimos en el mismo barrio. La encuentro en la rambla, a esta hora y no es difícil suponer que debe vivir por la zona.

-Cincuenta años hace que vivo en el barrio. Cuando llegamos con mi marido a este lugar, usted no era ni nacido. Prácticamente no había casas. Era todo médanos. Aunque no lo pueda creer.

-¿Por qué no le voy a creer?

-Por la misma razón que no me cree cuando digo que usted es el Intendente.

-No va a comparar señora. Es muy distinto. ¿Cómo no voy a saber que yo no soy el Intendente? Ojalá fuera el Intendente, así la ayudo y terminamos esta conversación sin sentido

-¿Me va a decir que ayer no estuvo en el programa de Julito?

-No señora, no estuve.-respondí en un suspiro.

-Entonces Julito es un mentiroso. Porque dijo que estaba con el Intendente. Y le hizo preguntas sobre las encuestas, la reelección, la credibilidad de los políticos y no sé cuantas cosas más. ¿Pero si no estuvo en lo de Julito, quien se hizo pasar por usted? Porque, le voy a decir algo, lo imitó igualito.

– Al intendente.

– Lógico, al intendente.

– Pero no a mí.

– ¿A usted, que?

– Imitaba al intendente

– Lógico

– Pero como yo no soy el intendente, no me imitaba a mí.

– ¿Y a quien imitaba entonces?

-¡Al intendente!

-¡Me quiere volver loca!

-¡Escúcheme por favor! -Dije levantando la voz un tono por encima de lo normal-. Yo no soy el intendente. Y ahora si me disculpa la voy a tener que dejar.

Acto seguido me coloqué los audífonos y salí trotando. Con cada paso me fui liberando definitivamente de la mujer. Cuando estuve lo suficientemente lejos, recién allí me atreví a pensar: ¿Será que ya no tengo la credibilidad de las elecciones pasadas?

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