Milagro Inadvertido

           Soy un tipo sin ambición. Metódico, rutinario y si se me permite agregaría, oscuro.

          Durante años me propuse mantenerme en los seguros márgenes de la monocromía. Acepté el rol de espectador con la vanidad de los protagonistas. ¿Cómo lo hice? Perfeccioné hasta límites insospechados el arte de pasar desapercibido. Para que te hagas una idea, en la oficina donde aún desarrollo tareas administrativas, durante los primeros meses nadie conocía mi nombre. Ocho años después, nadie tuvo el coraje de preguntar cómo es que aún estoy allí. Pero eso no es nada, el portero del edificio en el que viví durante 10 años nunca tuvo ni remota idea que piso habité. ¿Qué decir de los vecinos? Varias veces me cerraron la puerta en la cara convencidos que era un intruso.

           Tal fue el tesón con que me especialicé, que me volví infalible.

      Hasta ese día. Fue en un ómnibus que repleto rodaba rumbo a la aduana. En determinado momento, sin proponérmelo, me enfrenté con una mirada con la fijación que sólo se les permite a los niños. Con el paso de las cuadras la desconocida circunstancia se tornó inquietante. Hasta ese momento, mi destreza de ser omitido había funcionado infinitamente mejor con las mujeres.

         – Soy Milagros -me dijo con la naturalidad de quien le cabe perfectamente el nombre.

            – Pedro -contesté, aceptando resignado la derrota.

            El lánguido viaje y la imposibilidad de cambiar de posición hicieron el resto.

            Nos fuimos a vivir juntos. Como pareja atravesamos ciclos previsibles y normales. Tan normales y tan previsibles, que una tarde, al regresar del trabajo solo encontré una nota. Era meramente informativa, no había explicaciones.

            El regreso al anterior escenario me obligó a retomar algunas costumbres. Entre las más banales,  hacer las compras.

       – ¿Qué milagro vos por acá? -dijo el almacenero cuando ingresé a su negocio, confirmando que mi capacidad  de ser ignorado se había esfumado inexorablemente.

            – ¿Milagro? Milagro sería pasar inadvertido, – ante el desconcierto del comerciante continué -. dame doscientos gramos de mortadela. De la que llevo siempre.

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