Lista de invitados

El Bocha, no.  Me harté de sus desprecios. Cinco veces lo convidamos. ¡Cinco veces! ¿Nunca pudo venir? ¡Es un miserable! Sabe que los doscientos pesos son para alquilar el local y comprar leña. La carne la pone el Gordo Eusebio. ¡Doscientos mangos! ¡Dónde va a comer por doscientos pesos! Ahora, que es gratis, no lo invito. ¡Que se joda!

Eusebio no puede faltar. ¡Gordo bueno! Siempre dispuesto a dar una mano. Una vez fuimos a Minas con Gerardo y Clara. No me olvido mas. Nos quedamos sin nafta en Villa Serrana. ¡Primero de mayo! ¡Todo cerrado! No teníamos como salir. Lo llamamos, ya no me acuerdo con que ridícula excusa, el Gordo fue y nos salvó. No falló. Nunca falló.

Gerardo prefiero que no aparezca. Pero si no aparece… ¿vendrá Clara? Si ya sé, me vas a salir con que las mujeres de los amigos tienen bigotes. ¡Las pelotas! Se desean, se envidian, se ambicionan. Si ellas lo permiten, se gozan y en algunos casos, hasta se aman. Igual para que te quedes tranquilo, te aclaro que Gerardo era mi amigo. Era. Después de lo que pasó, nada volvió a ser lo mismo. Y debo reconocer, que me quedó la espina con Clara. La conocimos juntos, en la despedida de Martín, cuando se embarcó a Estados Unidos. ¿Te acordás? ¡Teníamos veinte años! Quedamos estúpidamente enamorados. Bueno, yo me enamoré y como en esa época Gerardo me imitaba, se le ocurrió que a él también le gustaba. Lo dejé hacer. Hasta cierto punto, me reconfortaba ser espejo de alguien. ¿Vanidad? Es probable. Amor propio preferiría llamarlo. Entre nosotros te confieso que estaba seguro que ella me iba a elegir a mí. Bueno, te la resumo. Dilaté tanto el momento, esperando que me diera entrada, que me dormí y la perdí. ¡Clara tiene que estar! Yo la invito. Y que pase lo que tenga que pasar.

A los del club, me rompe las pelotas decirles que vengan. No puedo desprenderme de aquellas horribles imágenes de todos y cada uno de ellos en bolas. ¿Qué querés? ¿Que mienta? Lo primero que viene a mi mente son las duchas. No, no vas analizar mi lado homosexual. Menos ahora. Lo que digo es que es ridícula la gente que pretende actuar naturalmente estando desnuda. Expuesto frente a otros, fue cuando más tuve para ocultar. Incluyendo frente una mujer. ¡Sobre todo frente una mujer! No te hagas el superado, a todos nos pasa lo mismo. Obvio que Martín es buena gente. Flor de tipo. Y quiero que esté. Pero si le digo sólo a él, los otros le van llenar la cabeza. ¿Sabés? Me chupa un huevo. Antes tenía miedo. Me aterraba lo que pudiera llegar a oídos de Carolina. Pero ahora, me los paso por las bolas. Convoco sólo a Martín y que se vayan a cagar.

¡Cómo me gustaría que esté Carolina! Pero, no se si me animo a invitarla. ¿Qué raro, no? Siempre me pasó lo mismo con ella. Como aquella vez en la rambla. Estábamos con Marina, creo recordar que en una de nuestras habituales rupturas, cuando de la nada…apareció: ¡Flotaba! Parecía que no tocaba la vereda cuando caminaba. Quedé hipnotizado. Volví al otro día. Y al siguiente. Mientras me decidía a encararla, le tomé los horarios. Cambié cientos de veces mi discurso. Hasta que un día la enfrenté y le dije: “Desde que iba a la escuela siempre estuve enamorado de una compañerita igualita a vos”. Todavía me duele recordar su desdén. Pero, más me humilla, la frase pedorra con que la afronté. ¿En qué mierda estaba pensando?

Con Marina me pasó algo extraño. Siento que la usé. Ojo, yo nunca le insinué que dejara a Orlando. Ella, no quiso jugar a dos puntas. Era una mina íntegra. Cuando me di cuenta que el tenor del deseo, manejaba su razón, empecé aprovecharme de la situación. Era milagrosa en la cama. Su invocación, aún hoy la acompaño con una indefectible erección. A todo decía que si. Mentira. Me quedé con ganas de ser parte de sus fantasías lésbicas. Estuve cerca… tan cerca. Al final, dejamos de vernos porque las discusiones, asumo que en su mayoría por mí promovidas, moderaron la pasión. Y no era un plato que se deje comer tibio.

De los que fueron mis amigos y dejaron de serlo, mantengo una deuda con Orlando. Del resto, no se si tuve razón, o  estaba equivocado, pero defendí radicalmente lo que en su momento creí procedente. Y ese exacerbado sentido de justicia me acompañó toda la vida. No creo que sea momento de abandonarlo. Simplemente, no me parece… justo. Ni siquiera los revolcones que llegaron mas tarde me hacen cambiar de parecer. Y eso que no se extinguieron hasta que acepté que tras la traición, sólo puede quedar el vacío.

De los que nunca fueron mis amigos, me gustaría invitar a los que no me hice tiempo para conocer. En su mayoría por ser mal vistos en los círculos que formé parte. ¡Me siento miserable solo de rememorarlo! A mi favor debo decir que en algún momento intenté resistirme. Me negué a aceptarlo. Me rebelé. Me dí por vencido.

A los que me dejaron mal parado, no los quiero ni ver y a los que les hice cualquier cagada tampoco. Unos pagan por otros y estamos a mano.

Los que piensan que soy un arrogante, no tienen cabida. No estoy dispuesto a aceptar verdades de ese porte.

Los que me dieron su confianza, es hora que sepan cuanto valoré su ofrenda.

¡Puta, casi me olvido de la familia! Los viejos rencores no me van a dominar. Tuvimos malos momentos, es cierto. Pero siempre supe que no podía contar con ellos. ¡Fuera!

Mis sueños, que no vengan. No reniego de su compañía. Me avergüenza reconocer que fueron simples ilusiones. Mis fantasmas y mis miedos, no me pueden abandonar. Imposible desprenderse de tan enraizados compañeros. El coraje y el valor, como a Gauna, alguna vez me serán concedidos.

Nunca imaginé que tendría la posibilidad de elegir abrazos y destierros. ¡Saberlo de antemano, cuántas cosas cambiarían!

En cualquier momento llegan los invitados. Soy el centro de la reunión. Una posición tan ajena como recomendable. Seré destino de miradas y conversaciones. No desesperen, ya les va a llegar. Más tarde o más temprano, ocuparán este que hoy es mi lugar.. Justo aquí, en el centro del salón. Justo aquí, dentro del cajón.

Vivimos en un mundo donde el funeral importa más que el muerto, la boda más que el amor y el físico más que el intelecto. Vivimos en la cultura del envase, que desprecia el contenido.

                                                                                                                   Eduardo Galeano

Si, Quiero

Se dejó caer en cámara lenta sobre una de las sillas que rodeaban la mesa del comedor. Apenas audible, el tic tac del reloj repercutía en su interior como una bomba de tiempo. La mirada extraviada y la ausencia de movimientos delataban que Marcos estaba lejos, muy lejos.

“¿Aceptas a Cecilia como esposa…”

Se enamoró irremediablemente de su mirada en un 142 que los llevó al centro. Jamás había visto tan cautivadora expresión de ternura. Cada día, se tomaba el ómnibus a la misma hora y contaba las paradas que faltaban para encontrarse. Luego, no le quitaba los ojos hasta llegar a destino. Esto solía ponerla nerviosa, pero también provocativa. Era un juego de reglas algo difusas que ambos aceptaron hasta que se animó a hablarle.

“…y prometes serle fiel en la prosperidad..”

No quiso esperar. No pudo hacerlo. Caminó una cuadra, luego otra, cada vez más rápido hasta que se lanzó en una carrera irrefrenable. Se detuvo sin aliento, apoyado en el plátano que daba sombra a la puerta de la casa de los padres de Cecilia. Apenas, como pudo, alcanzó el timbre. Ella abrió y se asustó al verlo en ese estado. La sonrisa de Marcos la tranquilizó. Se abrazaron hasta que finalmente tuvo aire suficiente para contarle que consiguió el trabajo.

“…y en la adversidad…”

La puerta del consultorio se cerró. Y con ella su última oportunidad. Los médicos fueron concluyentes. No existía método que pudiera ayudarlos a concebir. Salieron de la clínica y caminaron de la mano sin saber a dónde. No hubo preguntas. No hubo reproches. Sólo siguieron caminando. Juntos.

“…en la salud…”

Los atardeceres de verano, fueron testigo de largas conversaciones en el murito de la rambla. Cecilia hablaba. Marcos se perdía en su mirada. Ella se enojaba porque no la escuchaba. Él la apaciguaba hasta que ella se dejaba convencer y la noche, los abrazaba.

“…y en la enfermedad…”

El día que lo planteó, él sintió que todo se detuvo. Le pidió a Cecilia que no volviera hablar del tema. Estaba convencido que juntos podrían superarlo. Necesitaban tiempo. Pero se equivocó. El tiempo sólo acrecentó el tormento. Las palabras de Cecilia resonaban. Cada vez más fuertes. Cada vez más desgarradoras. Cada vez más certeras.

“..amarla y respetarla…”

La aguja del segundero, seguía siendo el único movimiento dentro de la habitación. La espalda encorvada de Marcos apoyaba sólo su parte superior en el respaldo de la silla del comedor. La piernas laxas. Los brazos caídos a los lados, casi tocando el suelo. Su mirada se mantenía fija, extraviada en el mismo punto. Un sonido metálico surgió contra el piso, justo debajo de su mano derecha, cuando no pudo sostener por más tiempo, el  arma con el que cumplió su último deseo.

“…HASTA QUE LA MUERTE LOS SEPARE.”

Papel

Se sentó.  Buscó acomodo. Demoró un instante, hasta que encontró la posición deseada. Se colocó los lentes. Notó, como cada vez, que había perdido la independencia de vivir sin ellos. Extrajo papel,  lo apoyó sobre su regazo y con una inmaculada pluma de tinta negra, comenzó a escribir.

“Durante mucho tiempo me dio pavor decirte lo que pienso . Tenía miedo de perderlo todo. Me aterrorizaba quedarme con las manos vacías.

Hacerlo por escrito es la forma que encontró mi sicólogo para desahogarme y eludir mis miedos. No sé porque te explico ésto. Es como que siempre tengo que justificarme contigo. De todas formas,  por algún motivo que me resulta indescifrable, insisto en mi necesidad que lo sepas, aunque estoy al tanto que te importa un carajo lo que pienso.  Ya te has encargado de dejarlo en claro una y mil veces. 

No aguanto más esta farsa. No soporto ni un minuto más este juego de apariencias en el que vivimos. Dónde gastamos toda nuestra energía en esforzamos para que todos piensen que el nuestro es un matrimonio modelo. Está tan lejos de ser verdad, que resulta insostenible.

No soy un mal tipo. No cometo un error detrás de otro para mortificarte. Tengo que reconocer que nunca estuve enamorado.  Pero con el paso del tiempo, aprendí a detestarte. No sé que me cuesta más,  si la idea de cogerte o tu cara de mal atendida.  Tus silencios de reproche, me dan náuseas. Hoy te vas a enterar de un secreto. Finjo mis orgasmos. Ni cuenta te das si me derramo en vos.  Cuando comprobé que eso puede reducir mi tormento, lo perfeccioné con la repetición constante. Hoy soy un experto. A los dos minutos de comenzar, lanzo un gemido,  ronco, profundo y me quedo observando tu mirada de reprobación.  Debo confesar que, siento algo de placer al ver tu insatisfacción…”  

Se puso a pensar en lo que acababa de escribir. Eran verdades duras, pero verdades al fin. Como también lo era que si no hubiera sido por Mariana, nunca hubiera alcanzado la posición de gerente general de la empresa familiar. Todavía recordaba aquella tarde en que su suegro lo invitó a almorzar para comentarle que había llegado el momento de dejar su lugar en la empresa y que lo hacía convencido que él iba a saber llevarla a buen puerto.  La casa en el barrio residencial que heredaron de la abuela Rita, el velero y el chalet del balneario que les regaló el abuelo materno, son sólo algunos de los descargos materiales con que la vida le pagó el haberse casado con Mariana.

Llegado este punto, se quitó los lentes, dobló la hoja de papel dónde había escrito su declaración y con extremo cuidado se limpió el culo con ella.

Lateral con salida

-¿Che, ese no es el Bebe? – Preguntó Ernesto, señalando a un tipo que estaba sentado un par de filas más abajo.

La cancha no estaba colmada ni mucho menos. Como siempre. Los que seguíamos a la segunda divisional, éramos prácticamente los mismos cada semana. Por eso  Ernesto reconoció de inmediato al Bebe Corrales, uno de los técnicos con mayor trayectoria en el fútbol uruguayo. Su presencia se destacaba nítidamente entre los habituales concurrentes.

-¡Bebe! ¡Bebe!- Empezó a gritar Ernesto

-¿Qué haces tarado?- Le dijo Diego intentado acallar los gritos de su amigo – ¿Vos lo conocés al tipo?

-¡Que lo voy a conocer!- Fue la respuesta de Ernesto que de inmediato retomó sus llamados- ¡Bebe! ¡Bebe!

-¿Pero vos son mongólico, cómo lo vas a molestar? Insistió Diego.

-¿Qué voy a molestar? ¡Bebe, acá!- Agitando la mano logró que el técnico lo distinguiera. ¡Bebe, vení un minuto!

Bebe, encandilado por el sol que daba a espaldas de la tribuna principal de Belvedere, no podía distinguir claramente quien lo estaba llamando, pero por el tono de confianza utilizado decidió a acercarse.

¿Qué dice Bebe?- Preguntó  Ernesto extendiendo la mano cuando estuvieron frente a frente – Usted no nos conoce, permítame que me presente. Yo soy Ernesto y este es mi amigo Diego.

Sin saber dónde meterse, Diego también estrechó la mano de Corrales.

La cara del entrenador lo decía todo. No entendía como estos personajes, lo hicieron venir hasta dónde estaban ellos, siendo que no se conocían. Acostumbrado a ciertos comportamientos extraños por parte de los hinchas, el renombrado hombre de fútbol se iba a retirar por dónde había venido sin agregar ningún comentario, cuando Ernesto le preguntó: ¿Usted conoce a Alejandro González?

-¿Quién?-Atinó a preguntar.

-Alejandro González. ¿Se acuerda cuando dirigió a Wanderers en el 98?- le tiró Ernesto, como si le hubiera dado el detalle infalible para refrescarle la memoria.

-Si claro. ¿Cómo me voy a olvidar del 98? ¿Pero, este Alejandro que tuvo que ver con esa campaña?- indagó Bebe dejando en claro que seguía sin tener idea de quién le estaban hablando.

-Él nos dijo que jugó y que usted lo ascendió a primera- se animó a acotar Diego, a pesar de la incomodidad con que vivía el momento.

-Alejandro González, la verdad no recuerdo. Hace tanto y mi memoria está cada vez peor.- Al tiempo que decía esto, Corrales empezó a girar su cuerpo como para volver a su lugar en la tribuna. No daba para seguir extendiendo la conversación.

-Ale, el “Orejita”- dijo Ernesto casi resignado.

Bebe detuvo su huida. Se quedó como congelado un instante. Giró su cuerpo y exclamó -¡El Oreja!¡Claro como no me voy acordar! ¿Qué pasó con el Oreja?

Bueno nosotros somos amigos de toda la vida -dijo Diego, que pareció liberar su timidez, al notar como cambió el tono de la conversación- y él siempre nos dijo que usted lo ascendió a primera porque lo consideraba  un gran proyecto de jugador. Y… no es que no le creamos. Pero bueno…usted conoce al Oreja. Siempre fue un poco exagerado. La verdad, nos resulta extraño que un técnico reconocido como usted pudiera realmente tener ese concepto.

El Orejita… – dejó caer Corrales cómo retrotrayéndose en el tiempo, antes de continuar totalmente convencido- miren, para mí fue el mejor lateral con salida que dirigí en toda mi vida.

Las caras de Ernesto y Diego eran un poema. No daban crédito a lo que estaban escuchando. Durante años le tomaron el pelo a su amigo, porque estaban convencidos que todo era mentira.

-Si, si -continuó Bebe- el mejor lateral con salida.

-¿Tan bueno era? Indagó incrédulo Ernesto -Porqué mire que usted ha dirigido grandes jugadores en ese puesto.

-Como el Oreja ninguno – dictaminó tajante.

-La verdad nunca lo hubiéramos creído si no lo escuchábamos de su propia boca- acotó Diego.

-Se los doy firmado. Lateral con salida como el Orejita no hubo, ni habrá.- Corrales hizo una pausa, miró a sus dos interlocutores que lo observaban pasmados y continuó -el orejita salía los lunes, salía los martes, salía los miércoles….

Triple Feo

 

Abbadon mantuvo en todo momento el panorama dominado.

–Yo sabía…yo sabía –repetía en un susurro que se fue haciendo audible a medida que se acercaban a la meta y la tarde se transformaba en noche.

 

-Lo bueno de vivir cerca del destino del ómnibus -meditó Rómulo al tiempo que pagaba su pasaje-, es que siempre encuentro asientos libres cuando voy al hipódromo. Una cavilación de esa naturaleza emanada de un devoto practicante del pesimismo radical era desconcertante –. Me estoy ablandando con los años –concluyó  mientras enrollaba el boleto con dos dedos y caminaba por el pasillo del bus.

Ubicado frente a la puerta de descenso, abrió el diario, separó el suplemento con el programa del hipódromo y descartó el resto. Se dispuso a otorgar su atención a la lectura, a pesar que conocía de memoria todas las carreras de este fin de semana. Las había estudiado día y noche desde el martes. Éste último repaso, era parte de una obsesiva rutina que repetía indefectiblemente cada fin de semana. Un recurso, para aplacar el insaciable tormento de no dejar detalle librado al azar. Suplicio que lo acompaña desde que se auto persuadió que poseía el don para pronosticar ganadores. Estaba convencido que esa virtud, procedía de un talento innato, perfeccionado con la experiencia obtenida a lo largo de infinitas jornadas hípicas y el análisis exhaustivo al que sometía cada una de las competencias.

En el hipódromo, amigos, conocidos y hasta extraños, están al tanto de sus autoproclamadas facultades pero, a sus espaldas, cuestionan esas cualidades. Todos coinciden que es una ilusión. Una concepción de su mente, que distorsiona la realidad producto de una obsesión que lo está llevando lenta, pero inexorablemente, a la esquizofrenia.

–Envidia. ¡Eso es lo que tienen! Reconozco que de un tiempo a esta parte estoy atravesando una sequía imponente. ¡No ligo nada! Y sin suerte, no hay conocimiento que valga. –Ese es el discurso que repite desde que sus predicciones dejaron de hacerse realidad. Y si bien, esta arenga es certera en lo que a la sequía se refiere, como lo corroboran las cuentas impagas amontonadas encima de la mesa del comedor, también deriva del extraño regodeo que padece al repetirlo más de lo necesario, para desempañar el lente derrotista a través del que insiste en cortejar la vida.

 

Cuando doblaron el codo e ingresaron a la recta final, el favorito amplió diferencias. El Loki Coyote se mantenía en el fondo del lote. -Yo sabía…yo sabía- monologaba como autista.

 

Esa tarde en el hipódromo se presenta Abbadon. Tal el nombre de un hermoso zaino colorado cabos negros, que en más de una ocasión le otorgó jugosas recompensas económicas.

Es posible observar, entre los asiduos concurrentes al circo hípico, cómo los aciertos repetidos sobre un mismo ejemplar, provocan un lazo perenne entre el apostador y el caballo en cuestión. Ese amor filial, por llamarlo de alguna manera, culmina indefectiblemente en una especie de adopción platónica. La extravagante relación, presenta rasgos distintivos. Uno de los más característicos, atraviesa visos de similitud con la de esos padres que exacerban las virtudes de sus descendientes hasta edificar una quimera de proporciones insostenibles, en la que no se distingue la fantasía de la realidad.

Inmerso en ese torbellino pasional, Rómulo no concibe que alguien pueda siquiera imaginar que “su” Abbadon, fuera capaz de perder.

–Jugar y cobrar –sentenció, mientras el ómnibus continuaba rodando la ciudad.

 

A falta de 200 metros para el disco, justo frente a la tribuna dónde estaba ubicado, se hizo patente la victoria de Abbadon. –¡Yo sabía…yo sabía! –Sollozaba de rabia.

 

Un cuerpo febril se ubicó en el asiento inmediatamente contiguo y lo exilió de sus ensoñaciones de riqueza. Quitó la vista del diario. Observó detenidamente al recién llegado. El individuo, de edad indescifrable, vestía ajustados pantalones de cuero. Tenía unas extrañas cicatrices en el rostro y las uñas de sus manos eran tan negras como largas.

– ¡Pero hay que andar mal! Todo el bondi para elegir y justo se viene a sentar acá –masticó en un suspiro de reprobación-, este debe ser puto- fue la conclusión inmediata a la que arribó mientras intentaba retomar la lectura.

Una emanación rancia y penetrante le impidió concentrarse.

–Ah, pero este hijo de puta no se baña desde el siglo pasado –dedujo al notar que el olor provenía de su compañero de viaje –, con esa cara y ese aroma, no encuentra novio ni en cana. ¡Triple feo el guacho! –Una sonrisa le cambió el semblante ante lo que le pareció una ocurrencia genial–. Triple feo –repitió.

– ¿Quien gana maestro? –Inquirió de imprevisto el extraño.

Lo sorprendió. No lo esperaba. Se le congeló la expresión. Le preocupaba de sobremanera que su compañero de ruta dudara de su condición sexual y estuviera tirándose un lance.

– ¿Perdón? ¿Que me dice? –preguntó haciéndose el desentendido como para generar una distancia que no existía en lo físico, ya que sus cuerpos se rozaban por lo minúsculo del espacio.

–Si no me equivoco, está leyendo las carreras.

–Estudiando –corrigió, mientras intentaba evitar el contacto –. ¡Que calor desprende este cristiano! –constató.

–Justamente. Por eso le pregunté quién gana –dijo el tipo posando desafiante su mirada en la de Rómulo.

–Si yo supiera eso…. –dejó flotando Rómulo con notoria falsa humildad.

–Tampoco es tan difícil acertar una carrera de caballos –aseveró el desconocido desentendiéndose del contacto visual con sobreactuada parsimonia.

– ¿Ah, no? – preguntó irónico al tiempo que pensó que su compañero de ruta era un pelotudo de los buenos

–Lo difícil es no contarlo.

– ¿Perdón? ¿Que me está diciendo? –Indagó, repitiendo en pocos segundos la fórmula con la que acostumbra evadirse de las conversaciones que lo incomodan.

–El burrero no puede dejar de vanagloriarse de sus aciertos –sentenció.

– ¿Y usted como sabe?

–Es como con las mujeres.

–Aha –dijo y concluyó  que el tipo estaba loco,  lo mejor era bajarse en la próxima parada y tomarse un taxi, así llegaba tranquilo a la primera. No tenía intención de mantener una charla sexual con un desconocido de esa naturaleza.

–Mientras más hermosa es la mujer –continuó el exótico acompañante de ruta –, mayor la necesidad de jactarse de su conquista. Con las carreras de caballos sucede lo mismo. Cuanto más inaudito es el acierto, mayor la obligación de presumir.

– No es verdad. Yo no hago eso –refutó instintivamente Rómulo en un impulso que no pudo refrenar y del que se arrepintió de inmediato, al percatarse que  de esa forma le seguía dando entrada al misterioso personaje.

– ¿Y…cuándo fue su último gran acierto?

–Y…a usted que le importa. –Se puso a la defensiva. ¿Estaría al tanto de su mala racha o, de casualidad dio en el blanco?

– ¿Será que no se acuerda?

– Pero… ¿Y vos, a quien le ganaste? –refutó resentido –. ¡El feo sabía! –pensó despavorido. Ahora, estaba más incómodo de lo que imaginó. Sin embargo por algún inexplicable motivo, no hizo movimiento alguno para desprenderse de la molesta presencia de su maloliente vecino.

–Le propongo un… ¿Cómo decirlo? ¿Juego? ¿Apuesta? ¿Desafío? Llámelo como quiera.

– Dejame de joder con jueguitos de palabra.

– Escuche. No se ponga nervioso. Yo, le aseguro una buena racha de suerte. Y usted, verá que ante el primer acierto importante, no se puede contener y lo cuenta a los cuatro vientos.

– ¿Y si no lo cuento?

– Se puede quedar con toda la ganancia. Pero, si yo tengo razón, me quedo con todo.

 – ¿Que ganancia? ¿Como podes garantizar una buena racha? Además, para el caso que la tenga. ¿Quien me asegura que fuiste vos el responsable? ¿Te pensás que me podés hacer el cuento del tío a mi?

–Tranquilo. Con mi sistema está protegido. Entre otras cosas, por que va a jugar con mi dinero.- una buena cantidad apareció en su garra izquierda cual si se tratara de un acto de magia.

La guita fácil resultó una tentación que Rómulo no pudo obviar. La manoteó casi al vuelo.

–Veo que acepta. Me gusta su osadía. Cuando menos lo espere le van a llegar mis instrucciones. Antes de irme le repito las reglas. Yo lo hago ganar. Pero, si lo revela, me quedo con todo. ¿Con todo? ¿Está claro?

 

De pronto, el bullicio de las tribunas se apagó. El final de la carrera se transformó  en cámara lenta.

 

Al tomar el dinero, dejó caer el diario al piso. Se agachó a recogerlo. Al reintegrarse, el desconocido no estaba. Instintivamente tanteó sus bolsillos. Todo en orden. Contó el dinero que le dejó. Tres mil quinientos pesos. Por las dudas, enrolló y escondió el tesoro en el dobladillo del pantalón. Un espacio que él mismo había confeccionado, para evitar a los pungas en la puerta del hipódromo. Se dispuso entonces a retomar la lectura.

Notó que ese no era el mismo periódico que trajo de su casa. Buscó una vez más debajo del asiento. No había otro. Este, era del lunes pasado. Estaban los resultados. Lo iba a tirar, cuando al doblarlo quedó frente a sus ojos el título de la crónica de la última competencia.

-¿Pero? ¿Qué es esto? ¿Una broma? ¿El Loki Coyote le gana a Abbadon? Estaba tan indignado, que no le cayó la ficha de lo que realmente importaba. La noticia no era del lunes pasado. Era, o pretendía ser, la crónica de mañana. Tenía en su poder el sueño de todo timbero. ¡El famoso diario del lunes!

Una locura.

Imposible.

¡Una broma!

¡Seguro!

El coso ese, se arregló con sus amigos para tomarle el pelo. ¡Claro, es eso! No lo dejan en paz. Lo acosan constantemente. Insisten con que vaya a un psicólogo. Dicen que está obsesionado con las carreras.  Que se tiene que tratar. Que no se puede pasar todo el día pensando y hablando sólo de caballos.

–Como si ellos fueran normales. Si los agarra un loquero se hace un picnic. Lo que les molesta es que él puede pronosticar ganadores. ¡Esa es la verdad! Todo esto que le sucedió en el ómnibus, era una puesta en escena para amedrentarlo. ¡Hijos de puta, ya los iba a agarrar!

Descendió del colectivo en el portón de la tribuna general. Como cada domingo, se encaminó a la boletería para comprar su entrada.

En la primera carrera le gustaba uno que debutaba. Propiedad de una de las caballerizas más poderosas. Su entrenador no corría por correr. Pagaba poco. Ni siquiera doblaba la apuesta. Ideal para empezar ganando. Le jugó una buena parte de su capital y se sentó en la tribuna a ver el desarrollo. En eso, llegó Chamuyo, uno de sus compañeros de domingos. Chamuyo era más joven que Rómulo. Usaba un aro en su oreja izquierda que era objeto de constantes bromas por parte de la barra. Para Chamuyo, el hipódromo era la oficina, ya que levantaba juego clandestino, para uno de los banqueros mas poderosos.

– ¿Cómo estás viejo? –saludó Chamuyo al tiempo que le estampaba un abrazo.

– Casi caigo –fue la respuesta sin concesiones de Rómulo.

– ¿En dónde? –preguntó, entendiendo que su amigo había tenido algún tropiezo.

–Hacéte el boludo nomás. Te sale muy bien.

– ¿De qué hablás?

–Lo que les habrá costado contratar un actor. No tienen nada que hacer ustedes. Además dónde encontraron uno tan feo. Triple feo –al escuchar la ocurrencia, ahora saliendo por primera vez de sus labios, ya no le resultó tan graciosa.

–Largaaroooon –el relator del hipódromo cortó el diálogo. Ambos se dispusieron a observar las incidencias de la prueba y aceptaron tácitamente que después seguirían con la conversación.

No tuvo chapa el que le gustaba a Rómulo y para colmo ganó Typhon. Con el que Chamuyo casi queda afónico al gritarlo como un desaforado. Rómulo no se acercó para continuar la charla que había quedado trunca. Decidió esperar a que estuviera toda la barra junta. Quería disfrutar el momento de detallarles como se percató de su broma. Podía saborear como se iba a carcajear frente a sus caras.

Lentamente, se fue a ver los competidores a lo que se conoce como los boxes de espera. Un lugar del que siempre sacaba buena información. Había que abrir bien ojos y oídos. Los datos, llegaban solos.

Encontró un banco frente al lugar en que los entrenadores hacían los preparativos previos de los ejemplares. Sacó la hoja de las carreras. Con inverosímil sorpresa comprobó que estaba anunciado el triunfo de Typhon en la primera. Inmediatamente recorrió con su vista el resultado de la segunda.

– ¡Lilith, que novedad!

–Esa no puede perder abuelo, pero no paga nada –le respondió un joven que estaba a su lado.

–Si claro –contestó un poco cortado al percatarse que había expresado su pensamiento en voz alta. Sus amigos no se habían complicado mucho para armar el diario del lunes. Todo el hipódromo sabía que Lilith era una fija.

Volvió a observar el resultado de la primera. Para su asombro estaban perfectos los nombres de quienes secundaron a Typhon, sus dividendos y las distancias a las que habían arribado del ganador. Repasó una vez más los detalles buscando con avidez un error. No lo había.

Impávido, se dispuso a observar en uno de los numerosos monitores los acontecimientos de la segunda. Cuando cruzaron el disco, Rómulo no podía moverse de su sitio. Ganó Lilith. Era esperado. Pero todo el resto de los detalles como figuraban en el diario, se hicieron realidad. Sólo atinó a guardar la hoja en un rápido movimiento cuando vio que Carlitos se sentó a su lado.

Carlitos era el único que no estaba jubilado y que además tenía un trabajo en regla. Pagaba aportes y todo. Era el ícono de legalidad dentro del grupo.

– ¿Me dijo Chamuyo que te caíste? ¿Dónde? ¿Te pasó algo?

–No nada. –por un momento no supo como salir del atolladero que él mismo construyó. –Casi me caigo, pero no caí. Fue un tropezón nomás. Viste como es Chamuyo, le decís que viniste con paraguas y te arma el diluvio. No fue nada. ¿Y vos, como llevás la tarde? ¿Acertaste alguna? –preguntó desviando la conversación.

Una cosa lleva a la otra y no pudo desembarazarse de Carlitos para ver el informe del diario para la tercera. Así que, con el marcador puesto, comprobó una vez más, la milagrosa coincidencia.

Para la cuarta no perdió tiempo. En la boletería, sacó el diario y le dijo ansioso a la encargada: –Hoy sos mi amuleto de la suerte. Ya vas a ver como de acá al final, acierto todas. –La cajera no cambió la aburrida expresión de su cara. Menos, ante uno de los cientos de similares pronósticos que recibía por tarde. Rómulo se agachó y sacó mil pesos del dobladillo. Se los acercó a la boletera, al tiempo que le decía: –jugamelo todo a….. –acercó el diario e hizo un esfuerzo para leer el ganador de la cuarta. Un error de imprenta, le impedía ver el resultado. Hizo hasta lo imposible por descifrarlo. Intentó obtener alguna pista que lo guiara. Número, jockey o entrenador. Procuró deducir la información por los que no ganaron. Era ilegible. Los que estaban en la cola, empezaron a impacientarse. Surgieron algunos gritos poco amigables, por lo que decidió retirarse resignado.

Parado a un costado de la boletería, mientras insistía en deducir el ganador de la cuarta, volvió a repugnarse y reconoció el mismo olor nauseabundo del ómnibus. Levantó la vista y ahí estaba.

– ¿Cómo anda Rómulo? Ya multiplicó nuestra plata.

–No, todavía no.

–No se demore, hoy hay sólo siete carreras. Ya se perdió cuatro.

– ¿Y que querés que haga? El diario que me diste, está todo mal impreso.

–El diario está perfecto

– ¡Que va estar! Mirá, en la cuarta no se entiende nada.

El tipo tomo el diario, observó el detalle que Rómulo le señaló y acotó –Yo leo que el ganador es Saitan.

–Si, dejáme de joder –dijo al tiempo que le arrebataba nuevamente el diario para corroborar que… ¡Se leía perfectamente el resultado de la cuarta! ¿Era posible?

Pasó la página y repasó  el resultado de la última, para ver si había cambiado.

– ¿Che y vos estas seguro que en la ultima gana El Loki Coyote? ¿No habrá algún error?

–No se quien gana la última. El diario lo tenés vos.

–Es que, Abbadon perdiendo con El Loki Coyote…es raro.

–Me voy- lo cortó como si nada hubiera escuchado de lo que le decía Rómulo –recuerde nuestra apuesta. No es capaz de acertar sin vanagloriarse.

En ese momento le cayó la ficha de lo que le dijo a la cajera. –Pero no puede ser – pensó.

–Si puede ser –contestó la extraña figura.

Rómulo se dijo que seguramente había pensado en voz alta.

–No, no pensó en voz alta –fue la respuesta inmediata.

– ¡Puta que te parió! –Atinó a decir el viejo, al tiempo que daba un paso atrás.

–Saitan corre con vaaaaaaaarios cuerpoooooos y no pierde massssss –se escuchó por los parlantes del hipódromo –giró y confirmó en un monitor del circuito cerrado como  el susodicho Saitan cruzaba el disco primero.

Se volvió hacía el feo, pero ya no estaba – ¡Puta que te parió! –repitió sobresaltado.

 

A falta de nada, apareció por el lado externo de la pista una exhalación. Una sombra. El ruido de sus cascos se hizo ensordecedor. Levantaba arena como una tormenta en el desierto. Era El Loki Coyote que voló rasante, acortando lo que parecía indescontable.

 

En las dos carreras siguientes no tuvo problemas. Jugó, ganó, calló y cobró. El dinero, se multiplicó.  Rómulo, escapó del encuentro con conocidos. Evitaba  cometer el error, aunque involuntario, de pavonearse.

Salieron al paseo preliminar los competidores del último cotejo. El clásico de la tarde. Rómulo, miraba una y otra vez su diario. No daba crédito. Era imposible que Abbadon perdiera con El Loki Coyote.

– El Loki Coyote… ¡Como le va a ganar El Loki Coyote! –repetía una y otra vez.

Los aciertos de toda la tarde, terminaron por convencerlo. Apostó hasta el último centavo a El Loki Coyote. Abbadon era el gran favorito, por lo que en caso de salir todo bien, se haría con una gran suma. Más de lo que había ganado en mucho tiempo. Era el fin de la mala racha.

Poco antes de  largar, escuchó a sus espaldas la característica voz ronca del Gordo Carmelo que le preguntó si había jugado a Abbadon.  El Gordo era buen tipo. Su barba blanca multiplicaba su apariencia bonachona. A Rómulo casi se le escapa más de lo permitido. Pero se acordó y mintió: Por supuesto Gordo, si pierde, me voy a casa de rodillas.- ambos rieron y se aprestaron a ver la carrera.

 

La algarabía se transformó en asombro. Abbadon por dentro y El Loki Coyote por afuera cruzaron casi en una misma línea la sentencia final. Se alzó la bandera verde y  los números de ambos ejemplares a la par. Esto daba tiempo a los comisarios, de recurrir a la foto de sentencia para  determinar quien fue el primero en cruzar el disco. Pasaron unos instantes. Parecieron horas. Se bajó el número del favorito y coronando lo más alto del marcador, al lado de la chapa que indica el primer puesto, quedó el número seis de El Loki Coyote.

 

Rómulo quedó impávido. Se mantuvo en idéntica posición durante varios minutos. Hasta que escuchó clarito cuando Carlitos, sin notar su presencia, le dijo a los otros: Ahora falta que venga el nono, llorando y otra vez pelado por culpa de Abbadon. Pobre viejo, está cada vez más loco.

Eso fue un gatillo en su cabeza. Hacía meses que aguantaba las burlas de todos. De su boca salió algo similar a un alarido. Al repetirlo inalterado dando unos saltos extraños alrededor de sus amigos, cobró significado. ¡El Loki Coyote, la puta que los parió! -aullaba-. ¡El Loki Coyote, la puta que los parió! – continuó, casi sin voz. ¡A cincuenta por uno, giles! ¡Aprendan a jugar! –Su euforia se hizo incontrolable- ¡El Loki Coyote la puta que lo parió! ¿Así que yo no acertaba una? ¡El Loki Coyote viejo nomás…

-Se ruega a los señores apostadores- sonó impertérrita la voz de la locutora en los parlantes del hipódromo-, conservar sus apuestas. Aparentemente, hay un inconveniente con el repesaje de los jinetes participantes de esta última carrera.-

Escuchar la primera parte de este mensaje y caer fulminado, fue todo uno para Rómulo.

Los jockeys deben pasar por la balanza antes de cada cotejo. Junto al equipo de montar tienen la obligación de alcanzar un kilaje determinado. Un peso exacto. Al finalizar la competencia, vuelven a someterse a la báscula. Para que el resultado de la carrera sea confirmado, deben mantener el mismo peso, con un margen de error preestablecido. En los hechos, la posibilidad de perder tantos kilos durante la competencia, como para correr el riesgo de ser descalificado, es de una en un millón. Sin embargo, esto le sucedió al piloto de El Loki Coyote. Fue distanciado y como marca el reglamento Abbadon pasó a la primera colocación.

Una muchedumbre rodeaba con macabra curiosidad al anciano que yacía en el piso de la tribuna popular. Un tipo muy desaliñado vestido de paramédico lo contenía arrodillado a su lado.

– Tranquilo abuelo. Ya nos vamos.- dijo el hombre al tiempo que con un gesto de resignación confirmaba a sus compañeros que no había nada por hacer.

– Yo sabía….yo sabía. ¿Te acordás que te dije, no? Reconocéme que te lo dije- balbuceaba en un hilo de voz, agonizante, mientras  clavaba como garra su mano en el antebrazo del hombre-. Yo te dije Triple Feo, te dije… era imposible ¡Cómo le va a ganar El Loki Coyote a Abbadon!-

Palabra

 

               El tipo era raro.

            No es que se necesite mucho para ser considerado así en un  relegado balneario como San Luis, pero en este caso, la rareza del sujeto superaba los límites aceptados por cualquier urbe. Pelo canoso y largo hasta la mitad de la espalda, atado por una vincha, si se le puede llamar de esa forma al cordón de zapatos que utilizaba para ese menester. No vestía camisa, ni abrigo. El  pecho al aire, tanto en invierno como en verano, con el pretexto aparente, de poder lucir un colgante de dientes de… algún animal difícil de determinar. Unos pantalones cortados en forma de short y una especie de sandalias romanas completaban su atuendo. Anexada a su mano izquierda, llevaba una soga siempre tensa, a la que precedía un cuzco de tamaño pequeño y ladrido incesante, que tironeaba a su amo cual si tuviera la fuerza de una yunta de pittbulls. Su andar errático, provocado por la actitud del susodicho animal, se acrecentaba porque él acostumbraba mirar a lo lejos con inaudita persistencia, como oteando el horizonte. Esta desatención promovía que el resto de su cuerpo se sorprendiera con cada sacudida que le daba el can. Estos atributos lo hacían inconfundible a varias cuadras de distancia. Algunos lo compararon con Don Quijote, buscando molinos de viento. Otros aseguraban que quedó así cuando en el cine se tomó un té de hongos mirando Spartacus. Pero, fue la inmensa mayoría que lo bautizó Conan.

            Imposible develar cómo y en qué momento apareció en el pueblo. Los habitantes de San Luis no son capaces de recordar la primera vez que lo vieron. Otro misterio, es que nadie escuchó nunca su voz. Claro que, tampoco hubo quien se detuviera a conversar con el extraño personaje, tan siquiera una vez. Los vecinos acostumbraban cruzar la calle cuando lo veían venir, aunque con el paso del tiempo, terminaron por aceptar que era totalmente inofensivo y lo adoptaron como parte del mobiliario público de la zona.

            Una tarde de otoño, se mandó repentinamente por la rampa que bajaba a las cocheras del único edificio del poblado. Ese que quedaba frente a la playa, símbolo de una moderna prosperidad que nunca llegó. Jacinto, el portero, que en aquel momento se encontraba barriendo la vereda, no se percató cuando Conan pasó a sus espaldas y ganó el portón abierto. No se sabe qué hubiera sucedido si el perro no hubiera ladrado. Pero fiel a su carácter,  eso fue lo que le permitió a Jacinto advertir como el loco Spartacus se deslizó sigilosamente hacia el interior de la residencia. Bajó corriendo,  o mejor dicho a la máxima velocidad que le permitían sus casi 70 años y se detuvo detrás de una columna para desde allí, observar sin ser visto los movimientos de los intrusos. Así, fue testigo  de cómo ambos se dirigieron a un rincón, ese que se formaba detrás de la pared que separa la entrada del hall de la escalera de acceso. Percibió que se dispusieron a tirarse en el piso, con la clara intención de quedarse en el lugar. Sin poder contenerse, Jacinto abandonó su puesto de observación y empezó a los gritos:

            –¿Qué hacés loco de mierda? ¡Rajá de acá! Mirá que si no te vas por las buenas llamo a la policía –si bien dijo esto con mucho ímpetu, su actitud no denotó tanta seguridad ya que, a medida que se acercaba, sus pasos se acortaron y se cuidó en extremo de mantener prudencial distancia – ¿Bo, me escuchaste? No me vengas a joder a mí, pelate por donde entraste –agregó con teatralizado convencimiento.

            Sin embargo lejos de esclarecerse, la situación se tornó cada vez más extraña. Entre otras cosas porque el perro no repelió a Jacinto. Teniendo en cuenta sus reconocidas cualidades de ladrador empedernido, resultaba inconcebible que no lo hubiera hecho ni una sola vez. Pero en esta ocasión, se mantuvo en absoluto silencio. Es más, un instante después se quedó profundamente dormido. El portero pensó que era algún tipo de farsa, pergeñada por Conan, quien amaestró al cuzquito para que lo ataque en cuanto lo tuviera al alcance. Por las dudas, no se acercó. Tenía que ser una trampa.  Lo llamó una vez más:

               –Bo, mugriento, si no te levantás, te vas a despertar en la comisaría. ¿Entendés?

            No solo no hubo respuesta, sino que el sabueso comenzó a emitir un sonoro y profundo ronquido. Confundido, Jacinto se cuestionó seriamente, si era posible que la bestia pudiera fingir eso.

            Sin rendirse, fue a buscar su herramienta de trabajo y volvió decidido a correrlos a escobazos. Con el palo, punteó un par de veces al animal. No obtuvo respuesta.  Apuntó entonces a Conan y cuando el cabo de la escoba estaba por hacer contacto con la espalda desnuda del visitante, escuchó por primera vez su voz que le sonó extrañamente cuerda:

                   –Dejame dormir un rato Jacinto.

            Frizado se quedó cuando notó que lo llamaba por su nombre. Pero fue el inesperado tono de la voz  lo que lo pasmó por algunos segundos.

               –¿Cómo sabés…? –comenzó a preguntar.

            –Trabajás hace cuarenta años en el mismo lugar. Todos sabemos tu nombre –lo cortó Conan con un dejo  de molestia antes que finalizara la pregunta.

            Jacinto no dejaba de apuntarle con el fusil de su palo de escoba. La cabeza le trabajaba a mil, pero no encontraba palabras:

            –Así que te hacés el loco, pero no mascás vidrio –pensó. Instantáneamente se dio cuenta de que lo había dicho en voz alta y, como para disimular, continuó la frase –: Pero no puedo dejar que te quedes. Dale, mové el culo.

            –No jodas Jacinto, ni cuenta se dan que estamos en este rincón –respondió monocorde Conan sin mover el más minúsculo de sus músculos –, si llega a bajar alguien al garaje, quedamos escondidos por la pared del fondo.

            –¡Bo, hijo de puta! ¡Tenés todo estudiado! ¡Pelate de acá porque llamo a los ratis y te la dan con fritas! –Gritó el portero a los saltos, dominado por el pánico.

            –Quedate tranquilo, solo quiero dormir, no me interesa cargar con nada que no sea mío. De lo contrario, hubiera abierto el auto de la gorda del cuarto para sacar el juego de llaves  que deja siempre debajo de la alfombra trasera.

            –Pero,… –no dijo más. Corrió hasta el lugar donde Gisela guarda el auto, abrió la puerta y comprobó que cada palabra que había dicho Conan era cierta. Volvió corriendo y gritando agitado –¡Si no te vas, llamo ya a la policía!

              –No la vas a llamar –sentenció.

            –¿Vos sos pelotudo? A mí no me torees. Bato todo lo que me dijiste y te mando en cana.

              –No la vas a llamar –repitió con suficiencia.

            –¿Que no? ¡Ya vas a ver loco de mierda! Giró sobre sus talones y salió rumbo a la portería.

            No había dado tres pasos cuando escuchó:

         –Sabés bien que te gastaste los últimos créditos de la tarjeta del celular, en los mensajitos que le mandaste a Celia. Ahora tenés que esperar hasta el mes que viene para que te lo recarguen –al tiempo que Jacinto se paró en seco, Conan continuó –, por cierto, muy original eso que le pusiste que eras capaz de hacerle si te dejaba la puerta abierta.

            El portero volvió sobre sus pasos, arrastrando los pies, devastado. En reconocimiento tácito del triunfo de Conan.

            –¿De dónde mierda saliste? –Murmuró con la más absoluta convicción puesta en cada una de sus palabras.

            –Lo que importa no es de donde vengo, sino a donde voy.

            –Dejame de joder con esas sentencias de El Principito.

            –A ver si me entendés. Necesito tres horas de sueño. Te juro que después no me ves nunca más. Te doy mi palabra.

            –¿Tu palabra? ¡Como si en estos días la palabra tuviera algún valor! El que no entendés sos vos. Estoy sólo a unos meses de jubilarme, no quiero quedarme sin pensión por tu culpa. Mirá si… –mucho antes que el encargado pusiera fin a su discurso Conan ya estaba profundamente dormido.

            Pensó en despertarlo varias veces, pero lo cierto es que no se animó. Finalmente a las cinco de la tarde amo y  perro comenzaron a despabilarse lentamente.

            –¿Todavía estás acá? –Preguntó Conan el descubrir a Jacinto en la misma posición que lo había dejado.

            –¿A dónde vas? –Fue la inquisición inmediata que obtuvo por réplica,  como si no hubiera escuchado la pregunta que Conan le realizó. Como si tampoco hubiera pasado el tiempo desde que su interlocutor se durmió.

            –Tengo una cita–. Esgrimió, más por compromiso con quien le facilitó el techo, que por avidez de responder.

            –¿Con quién te vas a encontrar?

            –Con alguien que hace mucho que deseo ver.

            –¿Una mujer?

            – Es mucho más que eso.

            –¿Es linda?

            –Es del tipo que a todos en algún momento nos resulta irresistible.

            –¿Hace mucho que no la ves?

            –Hace largo tiempo se llevó algo que era mío.

            –¿Y recién ahora se van a volver a ver?

            –Estuvimos por encontrarnos un par de veces, pero ella se encargó de esquivarme.

            –¿Entonces, cómo podes estar seguro que hoy es el día?

            –Cada día que pasa es un día que me acerca a ella. Ya no tengo tiempo

            –¿Y no sería mejor que te bañes y te arregles un poco, en lugar de dormir una siesta?

            –Necesitaba descansar para asegurarme que, llegado el momento no me voy a dejar vencer por mi cobardía. Ella ya utilizó ese recurso para eludir mis propuestas. Pero ahora no estoy en condiciones de soportar otro fracaso.

            Un pequeño silencio sin preguntas, indicaron que el interrogatorio había terminado. Antes de marcharse, soltó la correa del perro, le dio una orden con un gesto y éste fue hasta donde estaba Jacinto. Allí se sentó a los pies del portero. Juntos observaron como Conan se metió en la playa y desapareció detrás de una duna. Unos minutos después Jacinto continuó con sus quehaceres. El perro por el contrario quedó esperando en alerta absoluta, sin moverse. No comió ni bebió durante cuatro días. Pero fue en vano. Aquel tipo era demasiado raro. Tan raro, que cumplió con su palabra.

No tiene precio

¿Como olvidar Pintado? Esas tardes con cuarenta grados a la sombra, enmarcadas en un pueblito fantasma, que floreció con la llegada del tren y se marchitó cuando éste dejó de correr sus rieles.

Un primo de mi padre arrendaba una chacra a dos kilómetros del lugar. Mi viejo me mandaba todos los años para que diera una mano con los quehaceres del campo. Fue así que aprendí a sembrar, a trabajar una huerta, a ordeñar una vaca y hasta a montar a caballo.

Al caer la tarde, cuando el sol aflojaba su martirio, sin falta y sin excusas nos llegábamos hasta el boliche del pueblo a tomar unas cañas, que por ser las primeras de mi vida, sabían a gloria. En lo de Pasculli, tal el apellido del cantinero que le daba nombre a la desvencijada taberna, conocí a Don Franco. Un viejito de aspecto curtido, quién todas las nochecitas, luego de uno o dos tragos narraba historias únicas y atrapantes. Mi inexperiencia, las primeras luces de la noche y la decoración casi tenebrosa del boliche se sumaban al efecto del aguardiente, para generar el ambiente perfecto que le daba a los relatos una veracidad irrefutable. Mientras mi tío conversaba con los lugareños o se despuntaba unos pesos jugando al monte, yo me quedaba con Don Franco, escuchando fascinado cada una de sus palabras. El viejito cerraba sus ojos y a sabiendas que contaba con una ávida audiencia, impostaba su voz para lanzarse de lleno en una anécdota a la que seguramente por repetida, nadie más prestaba atención.

Entró al bar a la hora de costumbre y se enfrentó al cuadro imperecedero de todas las tardes. Los parroquianos acodados en la barra, la mesa de billar con el paño agujereado y la de truco repetida hasta el infinito con el “Inglés” Pérez, Pisorno, el rengo Larraura y Gonzalito.

– Quien pudiera irse de este pueblo de mierda para no volver… – atinó a murmurar ante la redundante escena. Pero sus cavilaciones quedaron en este punto, conciente que no contaba ni con la más remota posibilidad de trasponer las poco delimitadas fronteras de Pintado.

Ruano, apodo ganado en su juventud por su rubia cabellera, saludó a los presentes, deteniéndose un instante con cada uno para intercambiar comentarios de rigor. Al finalizar se acomodó la boina, ladeándola hacia la derecha, y se encaminó al mostrador dónde ya le esperaba la copa de caña con butiá que le sirvió el propio Pasculli apenas traspuso la puerta del boliche.

Levantó su mano empuñando delicadamente el trago, en el eterno ritual de todas las tardes y brindó.

– ¡A la salud de María! –

Un coro de voces acompañó el brindis. Es que por reiterado no era menos sentido, ya que María les valió a los presentes muchas rondas de licores variados cuando en sus bolsillos menguaban las monedas. Cosa que vale aclarar, sucedía cotidianamente.

En Pintado, eran contados con los dedos de una mano los hombres que tenían un ingreso permanente. El trabajo era un bien escaso. Es cierto, muchos pasaban perpetuamente acodados al mostrador sin hacer el mínimo esfuerzo por obtenerlo. De las mujeres, ni hablemos. Sólo una se ganaba el pan tejiendo buzos de pura lana de oveja. Los vendía a una tienda instalada en la capital y obtenía con cada encomienda mucho más que la mensualidad de varios peones. Esa no era otra que María. La compañera y sustento económico de Ruano. Por eso, al poco tiempo de conocerse, cuando empezaron a mantener una relación amorosa, él decidió dejar las changas con que sobrevivía.

– No por que sea vago – repetía hasta el cansancio – lo que pasa es que los ingresos de María son suficientes para que vivamos ambos sin sobresaltos. –

Ruano alababa a su mujer en cada ocasión que se le presentaba. Esta actitud sonaba a oídos ajenos, como una forma de agradecer y proteger la inaudita fortuna de tenerla a su lado. Pero el pueblo rumoreaba a sus espaldas el verdadero motivo;  esconder bajo un manto de loas, una relación que con el paso del tiempo se transformó en opresiva.

Lo cierto es que más allá del brindis con el que bebía invariablemente el primer sorbo de cada copa, Ruano no se cansaba de enumerar las virtudes de su amada. Un día era su forma cocinar, otro como lavaba y planchaba su ropa o el modo en que cuidaba el rancho. Pero, invariablemente, destacaba como lo esperaba pasional en el lecho de amor. Todas las noches después de la tercera o cuarta vuelta de caña, Ruano ponderaba uno o varios de los atributos que adornaban a  su china.  

Los parroquianos glorificaban las palabras de Ruano. No sin reconocerlas exageradas y sobreactuadas, pero a sabiendas que esto valía otra ronda de tragos por cuenta del implicado. Este por su parte, jamás intentaba justificar virtudes propias para merecer una mujer como María,  pero según él mismo decía, esa providencia era sobrado motivo para celebrar con una cañita compartida

Bien entrada la velada cayó al boliche el Gallego Muiño. Con unas pocas cuadras de campo y unas flacas cabezas de ganado, era considerado el mayor hacendado de la zona. El gallego visitaba poco el boliche, menos en horas de la noche. Había dedicado toda su vida al trabajo y estaba orgulloso de lo que había obtenido. Nada más lejano a su forma de ser, que derrochar tanto esfuerzo en copas y largas conversaciones etílicas.

Quieren las casualidades que justo al volver de una feria de ganado, el destino le jugó una mala pasada a su eterna Ford pickup, la que se quedó sin combustible pocas leguas antes de la entrada al pueblo.

La irrupción de Muiño, lejos de pasar inadvertida, sembró un silencio descomunal y quebró la monotonía de cientos de tertulias dónde los personajes se repetían con pertinaz frecuencia. Ahora éstos, sin previo aviso, se veían enfrentados al mayor potentado de la zona, ese que en muchas ocasiones, por no decir en todas, resultaba su única fuente de ingresos cuando los contrataba para llevar a cabo algunas changas esporádicas.

Ruano ajeno a la presencia del Gallego, continuaba con su clásica diatriba sobre María. Es que cuando las copas surtían su efecto se enfrascaba en la reseña y perdía la mirada en el cielorraso del boliche, en un gesto teatralmente estudiado, con el que pretendía dar a entender que estaba buscando una ayuda dónde refrescar su memoria con las infinitas peculiaridades de su amada.

El bolichero intentó un tenue movimiento para avisarle a Ruano de tan prominente como sorpresiva visita, pero Muiño lo detuvo con otro pequeño gesto. Ruano podía sentir en su cuerpo el silencio que lo abrazaba. Ni las voces de la mesa de truco sonaban. Lo atribuyó a su capacidad de narración. Por un momento sintió la necesidad de saciar su curiosidad por ver la escena que el mismo había construido, pero se contuvo, se enfrascó en su exposición redoblando esfuerzos y sin escatimar detalles. Era el momento adecuado de aumentar la apuesta llevando sus palabras hasta dónde nunca se había arriesgado.

– …ah esos guisos, que en el crudo invierno despiertan en mis narices los más profundos deseos contenidos, esos guisos que sólo las deliciosas manos de María son capaces de preparar, porque entre sus ingredientes cuentan con el amor de quien cocina para gustar. Muchos de los aquí presentes pueden dar fe de lo que les digo, porque se han deleitado con los maravillosos platos que salen de la cocina de María. Yo tengo la suerte de disfrutarlos cada día y cada noche, aunque en las noches…tengo para mi, el placer mayor…el de degustar el amor de María, ese que me brinda sin pedir nada a cambio, ese que enciende y mantiene vivo el fuego de la pasión que nos une. Pasión que ella y sólo ella sabe inflamar como nunca imaginé que una mujer pudiera hacerlo. Pasión que se ilumina desde el corazón y sólo un corazón como el de María es capaz de entregarse de tal forma que si por mí fuera el mundo puede terminarse mañana. Yo ya alcancé la máxima felicidad a la que un hombre puede aspirar. ¿Cuánto vale? ¿Cuánto vale una mujer como ella? ¿Quién puede tener la capacidad de valuar lo invalorable? –

– ¡Se la compro! – fueron las tres palabras que hicieron trizas el ambiente, el relato de Ruano y sumieron todas las miradas en la enorme figura de Muiño.

Los ojos de Ruano se abrieron de golpe. Divisó la formidable figura del hacendado. El asombro dibujó una mueca en su rostro, pero desapareció cuando una tímida disculpa se agolpó en su boca.

– Oiga Don Muiño, no sabía que estaba aquí. Sepa disculpar si con mis ensoñaciones pude molestarlo de alguna manera

– ¿No me escuchó bien? – preguntó sin que un asomo de ironía enmarcara su cuadrado rostro – ¡Le he dicho que se la compro!

– ¿Que dice? ¡Me esta tomando el pelo! – dijo Ruano, al tiempo que una pequeña y tímida sonrisa asomaba en sus labios – ¿Pensó que iba a caer en su broma, eh? Le repito que me disculpe si mi perorata lo aburrió.

– Escúcheme bien Ruano – lo cortó el Gallego – yo soy un hombre que sabe lo que quiere. Sus palabras me conmovieron, me llegaron hasta los huesos. Usted ha hecho una descripción exacta de la persona que siempre quise tener a mi lado. Perdí lo mejor de mi vida trabajando, esperando en algún momento conocer a alguien así.  Hoy la encontré. Lamentablemente tiene dueño. Nunca le robé nada a nadie y ahora de viejo no voy a convertirme en un ladrón. Por eso se la quiero comprar, y hay algo que le puedo asegurar: ¡Yo si sé cuanto vale. Y se la voy a pagar hasta el último centavo!

– ¡Usted está loco Muiño, como piensa que voy a vender a mi mujer!

– ¡Doscientos mil pesos! – fue la única respuesta de Muiño

El silencio se cortó con las exclamaciones de asombro de todos los presentes. Es que, primero se percataron que el Gallego iba en serio y luego que nunca habían ni siquiera imaginado tan estrafalaria suma.

En los oídos de Ruano retumbaba la cifra. Con esa plata podía vivir toda su vida, comprarse un campito, un auto y sobre todo irse bien lejos del pueblo. Era mucha plata, más de la que él era capaz de imaginar. Pero no podía ser. Tenía que ser una broma.

– ¿Me habla en serio? ¿Cómo voy hacer una cosa así? – dijo en un hilo de voz

– Mire, vamos hacer una cosa para que salga de dudas. Lo espero mañana a las tres de la tarde, en el cruce de caminos de la cañada grande. Yo llevo los doscientos mil pesos, usted si es que acepta, traiga a su mujer. Va a poder comprobar que tan en serio le estoy hablando.- diciendo esto giró y salió del boliche blandiendo en su mano izquierda la damajuana de combustible para la camioneta.

En este punto Don Franco hizo una pausa, abrió sus ojos, me miró fijo y al notar que yo ni pestañeaba, prosiguió.

Pasaron más de tres años sin que le viéramos un pelo a Ruano. Una tarde estaba yo frente a la puerta de lo de Pasculli, esperando que pasara el camión lechero para que me arrimara hasta la ciudad, cuando un hermoso colachata, apareció de la nada y se detuvo frente a mí.

– ¡Pero Franco, para vos si que no pasan los años! –  fueron sus primeras palabras al apearse del auto. Venía vestido con un traje de medida color crema, un gacho de medio lado y unos zapatos de charol que brillaban tan fulgurantes que hasta enceguecían. En el mismo momento que se acercó con los brazos extendidos para estrecharnos en un prolongado abrazo, salió del boliche como una exhalación el Gallego Muiño, quien atropellándonos, tiró a Ruano al medio de la calle de un empujón.

No había quien pudiera, ni quien quisiera detenerlo.

Con toda su furia contenida se le fue encima gritando como nunca había visto a nadie hacerlo.

– ¡Ladrón, hijo de puta! ¡Te voy a matar! – aullaba mientras lo revolcaba por el balastro.

– Espere, Gallego espere – atinaba a decir Ruano mientras intentaba vanamente defenderse.

– ¿Que espere? Malparido, hace años que espero este momento estafador! – espetaba Muiño, mientras lo tomaba de las solapas del fino traje y lo elevaba hasta que los pies de Ruano no tocaban el piso.

– No diga eso Gallego, no diga eso. – intentaba en vano calmarlo Ruano.

– Pero si serás mal nacido, me vendiste una mujer que no sirve para nada contándome maravillas de ella. – continuaba gritando mientras sacudía a Ruano como si se tratase de un muñeco de trapo.

– No diga eso Gallego, no diga eso – repetía el pobre Ruano que agregó- No hable así de María.

Al escuchar el nombre de la mujer, Muiño se enfureció aún más. – Pero como tenés el descaro de decirme que no diga eso, basura hijo de puta, si me la pintaste como la mujer más buena, trabajadora y pasional de la comarca – le gritaba a menos de un centímetro de la cara.

– No hable así de María, Gallego. – insistía Ruano quien en un movimiento inesperado logró zafarse del abrazo nada amistoso de Muiño, mientras todos lo presentes nos abalanzamos sobre el Gallego para que no cometiera una locura.

– ¡Me gasté hasta el último peso de mi fortuna para comprártela y no sirve para nada! Se pasa todo el día echada y por las noches es mas amarga que las heladas de agosto…y vos hijo de puta me decís que no te diga eso – vociferaba llorando de rabia debajo de una montaña de gente que lo aplastaba y apenas podía contenerlo.

– No diga eso, Gallego – le volvió a decir Ruano, ahora con tono displicente, al ver que su contrincante difícilmente pudiera zafar bajo el peso de los seis hombres que lo controlaban. Al tiempo, se sacudía casi parsimoniosamente el polvo de sus ropas, recogía el sombrero hecho trizas y se encaminaba al colachata que aún lo esperaba con la puerta abierta.

Puso en marcha el motor y arrancó. Al pasar junto a Muiño y el séquito de contendores, disminuyó la marcha casi hasta detenerse, bajó la ventanilla y ya sin mayores miramientos y en forma de despedida dijo:

– Haceme caso Gallego. ¡Mirá que si seguís diciendo esas cosas de María, no se la vas a vender a nadie! –